A pesar de que el interés que sentía por el fútbol era prácticamente
inexistente, el padre de mi amiga Ifigenia tenía como costumbre semanal jugar a
las quinielas. De no haber tenido la necesidad de consultar los resultados de
los partidos en el periódico para averiguar si había ganado algo de dinero, ni
siquiera se hubiera dignado a abrir la página de deportes. En realudad, el padre de mi amiga
jugaba a las quinielas por el deseo de comprobar cuanto de verdad contenía
aquella hipótesis según la cual “la intuición funciona”. Y ¡hombre! pasaba lo
que en España se sabe que pasa siempre: que el burro tocó la flauta y la flauta
sonó por casualidad. Esta ley se traduce en ocultismo como sigue: un aspirante
a “mentalista”, al que se le pide que nombre las figuras que esconden una serie
de cartas a las que previamente se les ha dado la vuelta, supera dicha prueba
con innegable éxito tanto en el caso de que sea capaz de “visualizar” todas las
cartas, como si no “visualiza” ninguna de ellas.
La explicación a dicha conclusión es que el papel que el azar juega en la realidad permite que cualquier persona “acierte” alguna de las figuras que esconden esas cartas. De modo y manera que “visualizar” todas resulte tan difícil como no "visualizar" alguna.
Dicha ley permite esclarecer las razones por las que el padre de mi amiga Ifigenia no siempre ganaba y no siempre perdía. El elemento que decidía lo uno o lo otro era el azar.
El azar tiene como hermana gemela la incertidumbre. Si la incertidumbre era la
que le incitaba a jugar y el azar el que le ofrecía los resultados.
Las quinielas fueron un pasatiempo divertido hasta que los amigos del padre de mi amiga, todos ellos
grandes matemáticos, decidieron que las quinielas eran más que un juego: eran un
escenario sometido a la ciencia matemática; y consiguientemente, admitía la
construcción de modelos matemáticos que posibilitaran la predicción de los
resultados con una precisión matemática.
El padre de mi amiga Ifigenia no entendía muy bien cómo las matemáticas
podían calcular los comportamientos humanos en general, y la de los
futbolistas, en particular; sobre todo, teniendo en cuenta, que se trataba de
chicos jóvenes y por eso, las hormonas, les jugaban -nunca mejor dicho – malas
pasadas. “De conseguirlo, la primera en
alegrarse sería la política”, se dijo. A pesar de tales sensatas
consideraciones, como el padre de mi amiga se encontraba en esa fase de la
madurez en la que se desea introducir un poco de diversión en su monótona y
placentera existencia antes de adentrarse en la vejez, accedió a unirse a
ellos.
Aconteció lo que siempre sucede: no siempre ganaron; no siempre perdieron.
Lo que diferenciaba este “no siempre ganar, no siempre perder” de aquel otro
“no siempre ganar, no siempre perder” al que cada lunes hasta entonces se había
enfrentado el padre de mi amiga es que la consecuencia que cada uno de esos “no
siempre ganar, no siempre perder” generaba eran completamente distinta la una
de la otra.
En el caso del padre de mi amiga, se reducía a lo que era: un juego basado
en la incertidumbre y el azar. Pero en el caso del grupo de matemáticos, la
consecuencia que se derivaba de los resultados era la satisfacción por la
constatación de que el modelo matemático funcionaba, o la aceptación de que
había que seguir trabajando en el modelo a fin de perfeccionarlo.
¿Debo decir que aquel grupo de optimistas que dedicaba cada minuto de su
tiempo libre a la elaboración de modelos matemáticos que aseguraran un pleno en
las quinielas se disolvió sin haber logrado romper la barrera de “no siempre se
gana; no siempre se pierde”?
“No siempre se gana, no siempre se pierde” es el axioma que rige cualquier juego, cualquier competición, cualquier casino, cualquier acción humana. Saber esto, ser consciente de la importancia que el conocimiento de este axioma tiene, es lo que separa a un hombre inteligente de un hombre necio. Un hombre inteligente juega y actúa con un límite que él mismo se marca: no más, no menos. Un hombre necio es aquel que destruye los límites pensando que en la siguiente partida va a hacerse tan rico que va a poder incluso hacer frente a las deudas que ha acumulado durante ese juego sin límites. No crean que esto pasa únicamente en el casino. La acción humana está sometida al azar por estar sometida a la incertidumbre. Los límites que un individuo impone a ese azar y a esa incertidumbre le impiden, nadie lo niega, llegar al sol; pero le libran de precipitarse en el abismo del laberinto. Un hombre desea una vida tranquila y sin grandes imprevistos; así que se decanta por un trabajo estable, aunque éste le ofrezca una menor remuneración; es posible que prefiera mantenerse soltero; si finalmente se casa, lo hará después de haber firmado un contrato matrimonial; contratará, igualmente, un gran número de seguros: de enfermedad, seguro contra robos, contra incendios. Un hombre pusilánime adoptará todas las medidas a su alcance para evitar que las travesuras del dúo incertidumbre/azar le afecten.
Un hombre temerario, por el contrario, se atreve a enfrentarse a cualquier situación porque no analiza ninguna situación como terminada; mucho menos como perdida. El hombre temerario permanece inmerso en una constelación regida por el azar con la convección de que él es más fuerte que el azar.
La justa medida es el hombre que sitúa su acción entre ambos extremos. Es posible, por ejemplo, que un hombre renuncie a un contrato de matrimonio y a un seguro de vida, pero no a uno de enfermedad; que rechace un seguro contra meteoritos, pero no contra incendios. El estudiante estudia sin saber qué preguntas va a recibir en el examen, así que se prepara ese examen lo mejor posible porque esta es la mejor medida que existe para reducir la incertidumbre y el azar. No obstante, si el examen es demasiado duro, cae enfermo, o si el profesor es dado a evaluar en función de simpatías personales y no en función de la exactitud de la respuesta, es muy posible que aquel estudiante decida no presentarse al examen, o renuncie a prepararse el examen y deje toda la incertidumbre en manos del azar. Lo mismo sucede si hablamos de un atleta que se prepara una carrera; algunos, desean controlar tanto el logro de sus esfuerzos que incluso introducen el “doping”, igual que algunos estudiantes copian las respuestas ciertas y otros se hacen trampas a sí mismos incluso cuando juega con las cartas al “solitario”.
Todas estas actitudes, incluso las que introducen las trampas al viejo estilo de Odiseo, obedecen al deseo imperioso de un hombre que sin ser ni pusilánime ni temerario, pretende vencer a los gemelos “incertidumbre/azar”.
Y sin embargo ¡qué difícil, por no decir imposible, resulta conseguirlo!
Un hombre que también lo intentó fue Newton. La conclusión a la que llegó
fue: “Puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura
de la gente.”
Como suele ser habitual, la primera pregunta que surge es qué significa exactamente la frase de Newton: ¿se refiere a que únicamente la locura no es predecible? ¿o que el comportamiento del hombre, por siempre loco, no es predecible?
En mi humilde, pero firme, opinión, Newton se refiere justo a lo que escribe: a que el movimiento de los cuerpos materiales puede ser conocido – y predecible- gracias a las matemáticas, mientras que los movimientos de la locura del comportamiento humano, no.
Y esto por dos motivos: primero, porque la locura contiene un grado superior al de “incertidumbre/azar”, y los elementos que le constituyen son de naturaleza intrínsecamente diferente. Lo que define a la locura es el tándem “Impredecibilidad/caos”.
Lo
esencial a la locura no es el “a veces se gana, a veces se pierde”, sino la inexistencia
de límites. De ahí se genera la imposibilidad de construir “diques de
contención” al dúo “incertidumbre/azar”, ya sea con modelos matemáticos o con
acciones humanas.
Básicamente considerada, la locura es un estado que se mantiene ajeno a
cualquier tipo de ley: a las humanas, tanto como a las matemáticas. Éste es el
motivo por el que a lo largo de la historia unas veces se le considera
maldición y otras, chispa divina.
La locura es, se mire cómo se mire, caos. Caos incluso en el caso en que, como Chesterton señala en su libro "Ortodoxia", la locura sea capaz de generar mundos cerrados e inexpugnables contra los que un cuerdo lucha inútil e infructuosamente. Cuando muchos locos actúan como
uno, nos encontramos ante el fenómeno de la locura colectiva. Ahora bien, la
locura no es siempre natural ni congénita. A veces, es provocada desde el
exterior: sea por el medio ambiente en el que el sujeto se desarrolla, sea por
situaciones concretas que “desbordan” al individuo. Mientras la locura colectiva
“natural” se asemeja a una estampida humana comparable a la de un rebaño de
gacelas sorprendido por un ataque de leones cuando está paciendo
tranquilamente, la locura colectiva “artificial” es, por el contrario, una
estampida humana controlada y dirigida por unos cuantos, como método/estrategia
de consecución de sus propios intereses, - ya sean estos racionales, pseudo
racionales, pseudo desvariados, o absolutamente insanos.
Sea como fuere, Newton acertó a ver que lo perteneciente al mundo material,
por material, mecánico, podía ser comprendido y predicho por leyes matemáticas;
lo perteneciente al mundo del entendimiento, por inteligible y comprensible,
podía, también, ser controlado por las normas del comportamiento; lo
perteneciente a la locura, sin embargo, permanecía ajeno a cualquier
posibilidad de ordenamiento.
Se dice que Newton pronunció esta frase tras haber perdido parte de su dinero en algún tipo de inversión fracasada. El “se dice” es siempre un ingenuo. Un hombre como Newton estaba acostumbrado a la locura de sus congéneres, tanto como a los caprichos del tiempo atmosférico. Lo que su afirmación constaba la certeza de sus sospechas respecto a la mayoría de los seres humanos, reforzadas, además, por el indudable hecho de que a la locura se unía la estupidez.
Brevemente:
Lo que Newton puso de manifiesto con sus palabras es la relevancia que la
locura, por muy locura que sea, tiene en la realidad real y en nuestras
existencias. A veces incluso mayor de la que desearíamos.
Hete aquí, sin embargo, que conforme el mundo más se adentraba en la
técnica, más se incrementaba, igualmente, su afición, la del mundo, a confeccionar modelos matemáticos que permitieran ganar a los jugadores de
quinielas, a pesar de ser sabido y consabido de que en el juego había que
introducir variables tan irracionales como la de las hormonas de los jugadores
- que afectan de manera diferente a cada individuo-, accidentes inesperados, factores
emocionales, sin olvidar la corrupción como una variable más a añadir.
Demasiados quebraderos de cabeza para un hombre tranquilo como era el padre
de mi amiga Ifigenia. La combinación de “no siempre se gana, no siempre se
pierde” había terminado por aburrirle en cualquiera de sus variaciones; se decidió, pues, a abandonar el juego de las quinielas para unirse a las finanzas siguiendo
al gran Newton.
Desde este punto de vista considerado, las finanzas no necesitan de grandes
capacidades: las cuatro reglas de la aritmética, unos cuantos conocimientos en
porcentajes y sobre todo, grandes dotes para la observación de las conductas
cotidianas. Para ello nada mejor que darse una vuelta por lugares tan concurridos
como son la Plaza del Mercado, la taberna de la ciudad, el teatro donde actúan
los comparsas y lugares similares, al tiempo que se entabla conversación con trabajadores de aquí y
de allá. Lo que quiero decir es que las finanzas al estilo "Newtoniano" son
tangibles y visibles igual que la física mecánica de Newton: unas pocas leyes
bastan para explicar (y comprender) el gran universo.
Con la confianza del que sabe el camino a seguir, las finanzas "a lo Newton" abandonaron
el Planeta Tierra y se lanzaron a la conquista de Marte. Los intercambios monetarios aumentaron en tamaño, en extensión y
en dinamismo. La creciente complejidad podía ser explicada, comprendida y
aplicada en función de las leyes físicas de Newton.
Para desesperación del padre de mi amiga Ifigenia, su entrada en el mundo financiero,
- hasta aquel entonces un mundo newtoniano, regido por leyes que explicaban y
predecían la trayectoria de los cuerpos celestiales, - coincidió con la
decisión del mundo financiero de pasar a ser regido por la física cuántica de
Einstein.
Ello determinaba un cambio total y absoluto en la naturaleza del
mundo de las finanzas que, muy pocos, salvo quizás los interesados, supieron
entender. La consecuencia inmediata fue el
destierro de Newton. El universo newtoniano y sus leyes habían dejado de ser
interesantes para las finanzas. Que por aquel entonces empezaran a hacer
aparición una serie de biografías tendentes a desprestigiar al gran científico
inglés provocó en mi alma mosquetera grandes reacciones airadas. Compréndanme:
yo he tenido dos grandes amores: el uno ha sido Aristóteles; el otro, Newton. Leer
insensateces sobre hombres tan inteligibles para mi cerebro y mi alma,
atormenta a mi cerebro, tanto como a mi alma y a mi corazón.
En cualquier caso, el padre de mi amiga Ifigenia desistió de las quinielas,
desistió de las finanzas y pasó el resto de su vida resolviendo crucigramas y
juegos de lógica.
Sin embargo, para una persona con un carácter mosquetero y nómada, la
cuestión de la física cuántica en finanzas representa una nueva aventura en la
que adentrarse.
Y bien: intentaré comunicarles los resultados a los que he llegado.
El primero es sabido y conocido por todos ustedes: la imposibilidad de armonizar el mundo grande e inmenso del universo mecánico de Newton con el mundo pequeño e ínfimo del universo cuántico de Einstein.
El universo de Newton posee la belleza de la música de las esferas celestiales, la armonía de la orquesta que es capaz de combinar diferentes instrumentos y ritmos para producir sonidos siderales y divinos.
El universo de Einstein, en cambio, es el zumbido
insoportable de una mosca incapaz de permanecer quieta. Que Dios juegue o no juegue a los dados resulta irrelevante. Una mosca es una mosca. Cuando en ese
universo no hay una, sino varias moscas zumbando, las posibilidades de alcanzar
un segundo de tranquilidad son prácticamente inexistente.
Veamos si puedo explicarlo adecuadamente.
La física cuántica es una física basada en dos temas principales: la
combinatoria, y el estudio de partículas muy pequeñas. Tan pequeñas que no son
visibles a la vista humana; ni tan siquiera a los mejores microscopios. No
obstante, se sabe de su existencia porque sus efectos se hacen notar. Esto
último es de absoluta importancia. El hombre dispone de cinco sentidos; si no
puede apreciarlo por la vista, puede apreciarlo por otras maneras. Fundamental
a que la física cuántica sea física es, no obstante, que aquello sobre lo que
se centra sea “tangible”. “Tangible”, en el mundo cuántico, no ha de ser
necesariamente sinónimo de “susceptible de ser tocado” y tampoco “susceptible
de ser visto”; basta con que las consecuencias de su existencia sean
observables. Es decir: se sabe que hay fuego, porque observamos el humo. El
efecto determina la existencia de una causa. Esto, sin embargo, que a primera
vista parece sumamente obvio no lo es tanto. Imaginen ustedes que ven a un
hombre con un cuchillo lleno de sangre arrodillado ante otro hombre que se
desangra. La mayoría de nosotros concluye ante esa escena que, puesto que el
efecto es un hombre desangrándose por apuñalamiento, el hombre arrodillado, que
tiene el cuchillo con sangre en la mano es la causa. El corte que presenta el
hombre desangrado está causado por ese tipo de cuchillo. Imaginen ustedes
además que se realizan las pruebas de sangre pertinentes y que el resultado muestra
que la sangre de ese cuchillo pertenece, en efecto, al mismo grupo sanguíneo
que la sangre del hombre desangrado. La detención y condena del hombre
arrodillado parece justa y adecuada. Sin embargo, no lo es.
El hombre arrodillado había cogido un cuchillo para despedazar un gran
trozo de carne que había comprado y congelado. Su intención era preparar junto
con su pareja, el hombre que se desangraba, una barbacoa para sus amigos. Había
sido una decisión espontánea y todavía no habían sido cursadas todas las invitaciones.
El trozo de carne estaba descongelado en el sótano. Allí era donde se disponía a cortarlo
cuando, de repente, escuchó voces en la planta superior. Subió corriendo a ver qué
sucedía. Descubrió al hombre al que amaba tirado en el suelo, desangrándose;
debido a la impresión de la escena, el cuchillo cayó de sus manos que se empapó
de sangre. Lo recogió por automatismo. En aquel momento, alertada por algún
vecino, se presentó la policía.
Se descubrió que el autor había sido un
amigo de ambos, con el que dos semanas antes habían realizado una de esas
excursiones a los grandes centros comerciales. Allí, en un alarde de amistad y
de empatía, adquirieron iguales enseres, entre los que se contaban un par de
cuchillos. Las razones por la que atacó a su amigo son oscuras: dinero,
envidia, locura transitoria. Las verdaderas razones no se sabrán nunca porque
el verdadero atacante murió en un accidente de tráfico, mientras huía del lugar
de los hechos. En la autopsia se hallaron rastros de alguna sustancia
tóxica; el arma del delito, sin embargo, no se encontró.
Pese a tantas incógnitas, el hombre arrodillado fue puesto en libertad: su
pareja, una vez se hubo recuperado, testificó a su favor; se encontró, en efecto, un gran
trozo de carne casi descongelado en el sótano. Éste “casi” genera dudas a
algunos policías. ¿Realmente es inocente? ¿Es posible que sacara el trozo de
carne del congelador después de haber agredido a su pareja como prueba
exculpatoria y no antes? ¿Puede ser que se hubiera producido un forcejeo entre
ambos, pero que, una vez recuperado, su amante pareja hubiera decidido perdonarle? ¿Había suministrado
algún tipo de sustancia al amigo, antes de que éste sufriera el accidente para
deshacerse de un testigo presencial? ¿Por qué no encontró la policía el cuchillo
en el coche? ¿Dónde se deshizo de él?
Esta pequeña historia sirve, creo yo, para que ustedes comprendan lo
realmente difícil que resulta determinar la relación entre efecto y causa.
El mismo problema, justamente, al que la física cuántica se
enfrenta cuando ha de establecer qué causa real genera los efectos observados.
Tradicionalmente, los temas monetarios han sido bastante tangibles y
contables. Las primeras finanzas, más desligadas del concepto de dinero
clásico, determinaron el nacimiento de lo que se ha dado en llamar en
“capitalismo”, donde el término “capitalismo”, aunque la acepción la recuerde,
no tiene que ver con el capital contante y sonante clásico. No obstante ese capitalismo, aunque haya alcanzado la órbita de Marte, sigue ligado a la Física newtoniana.
Pero cuando la relación causa/efecto no se puede ni estudiar, ni precisar, sino que es una cuestión de combinaciones llega un instante en que, en una de esas posibles combinaciones, la física se convierte en meta-física.
Por tal motivo, en el momento en que las finanzas capitalistas introdujeron la física cuántica transformada en metafísica, aunque se tratara de una metafísica materialista, se produjo la revolución.
Metafísica es lo que, en estos momentos, se lleva a cabo en grandes áreas de la física cuántica. ¡Oh, no me malinterpreten! Como acabo de decirles, soy
consciente de que se ha convertido en una Metafísica materialista. El
apellido “materialista” no la libera, empero, de su condición de “Metafísica”.
Por si esto no fuera suficiente, en ese física cuántica no sólo actúan las leyes físicas de Einstein, y la metafísica, sino también la filosofía hermética e incluso la teosofía de Helena Blavatsky.
Aquí es donde la situación se complica y donde dos tríadas opuestas hacen
su aparición.
La primera tríada es la compuesta por Aristóteles, Newton y Kant.
La segunda tríada es la formada por Platón, Leibniz y Hegel.
¡Realmente emocionante! ¿No creen ustedes?
La primera tríada, - Aristóteles/Newton/Kant- es Dédalo, es la alquimia, es la mesura y es la tangibilidad tangible.
La segunda tríada, - Platón/Leibniz/Hegel-, en cambio, es Ícaro, es la filosofía hermética, es la teosofía de Helena Blavatsky, es el Todo en el Uno y el Uno en el Todo. Es la realidad real y verdadera que o bien está fuera de la realidad del mundo tangible, que o bien se encuentra en nosotros mismos sin que pueda ser comunicada, o bien se ha transformado en un sorprendente sistema cerrado en el que, sorpresas de sorpresas, la varita mágica de la dialéctica hace posible el desarrollo de la libertad y de la Razón.
Esta tríada deja atrás
el mundo binario de Incertidumbre/Azar al que, cualquier universo newton ha de
hacer frente ya sea llamándole “accidente” o “milagro” y se introduce, de la
mano de la combinatoria, en el del Caos/Locura.
La relación “causa/efecto” newtoniana se traduce en leyes que determinan
que cualquier efecto que se produzca tiene una causa. La relación
“causa/efecto” cuántica, en cambio, se basa en que incluso en el supuesto de que no se
produzca un efecto, cabe la posibilidad, en función de la matemática
combinatoria, de que se produzca un determinado efecto. Puesto que combinatoriamente
considerado el efecto puede producirse, hemos de provocar las causas necesarias
para provocarlo o, al menos, considerar que su posible existencia puede
convertirse en una existencia real.
Curiosamente, aquellos para quienes los juegos matemáticos sólo resultan
interesantes cuando éstos les aportan grandes beneficios no dudan en apoyarse
en las medidas más ínfimas que existen, tales como el “nanosegundo”, por
ejemplo, si con ello consiguen incrementar sus finanzas. Llega un instante en
que la materia decrece tanto que aparece, por fuerza ha de aparecer, ése
conocido “crea mundos con tu mente”, del que tanto se abusa. Tanta mente
ante una materia desaparecida en la dimensión “nano” causa en muchos, ya lo he
explicado en algún artículo, la falsa impresión de que el mundo se
desmaterializa, cuando justo lo contrario es lo que sucede.
Hegel hace posible la existencia de circuitos cerrados y libres donde rige la
Razón. Trasladen esto al mundo newtoniano. Allí se producirá un cortocircuito del
que el mundo de las mónadas leibnizianas está a salvo. Díganme: ¿Qué
cortocircuito puede producirse en un esquema que transforma el mundo platónico
e invierte el mundo materialista y atómico de Demócrito? En Leibniz el mundo
platónico aparece constituido por atómos espirituales a los que el autor alemán
denomina “mónadas”. ¡Imaginen que gran noticia! Las mónadas, a pesar de
caracterizarse por ser autárquicas, estar en continuo movimiento por su natural
apetito y percibir con más claridad unas veces que otras, albergan en sí la
armonía preestablecida que las capacita para coordinar dichos movimientos libres
a fin de evitar colisiones.
Para las finanzas basadas en los modelos cuánticos, la tríada Platón/Leibniz/Hegel
viene a ser una plataforma de ideas mentales y espirituales de tal magnitud, que espolvorear un par de ideas de
Einstein consiguen que el mundo de la tangibilidad tangible de
Aristóteles/Newton/Kant se tambalee sin remedio.
Ello conlleva en la práctica graves y serias consecuencias. Aunque
a la destrucción le siguiera el “reset”, se trataría de un universo ideal, en
el que -pese a la falta de materialidad–, la armonía preestablecida introduce
un determinismo al hecho de ser libre, puesto que, siendo libre, espiritualmente
libre, dicha armonía preestablecida impide a una mónada colisionar con otra mónada. La armonía
preestablecida cumple en Leibniz el mismo papel que la dialéctica en Hegel. La
dialéctica/ armonía preestablecida es lo que compatibiliza en un sistema cerrado
libertad y Razón.
De un universo así nos interesa destacar dos puntos.
El primero es ése al que se refiere Focault, el último de los iniciados, aunque sin maestro: el individuo que se sitúa fuera del cuadro para observarlo. En efecto, sólo desde fuera puede comprenderse un circuito cerrado en su totalidad. Cuando uno se encuentra dentro del cuadro, su perspectiva depende de su posición en el cuadro. El observador puede, desde el exterior, decidir si se concentra en el cuadro como totalidad o dirige su atención a un aspecto concreto de los que allí aparece.
Por el contrario, el hombre que permanece dentro del
cuadro, puede considerarse como un preso vigilado dentro del Panóptico. Aunque, ciertamente, también es posible que se sienta libre; quizás el pequeño espacio en el que su existencia se desarrolla
le ofrece todo lo que su espíritu necesita para sentirse libre; tal vez su
mente le permite crear otros mundos paralelos y distintos a aquél en el que su
existencia se encuentra, e incluso hacerlos realidad en la medida en que les da una consistencia lingüística y transforma la ficción en realidad. La perseverancia (a la que con tanta insistencia se apela hoy en día en los foros de las finanzas cuánticas) puede incluso permitirle convertirse
en el observador que observa el cuadro que su mente ha creado.
El segundo punto que nos interesa remarcar es que en dichos circuitos cerrados se puede hablar de fuerzas, del sentido de la historia, de la creatividad, del Arte y incluso de espíritu. De lo único que no se puede hablar es de materia. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que, sorprendentemente, todos esos circuitos cerrados son circuitos "ideales", en los que la materia ha de quedar reducida a cantidades ínfimas, a fin de que la "Idea" posea el espacio suficiente y necesario para poder desarrollarse, expandirse, al máximo.
Esto lleva a creer a muchos que la materia se ha
espiritualizado.
La realidad real es que justo todo lo contrario sucede en dichos circuitos cerrados: el espíritu se hace tan pesado que se materializa y al materializarse, el espíritu, que lucha por seguir siendo espíritu, se convierte en mente.
En efecto: el espíritu al que una y otra vez hacen referencias tales circuitos es una mente ascendida a espíritu.
Ello explica por qué en tales circuitos cerrados la libertad termina convirtiéndose en revolución, el Arte en marketing y la belleza es una belleza de tipo romántica centrada en la deformación de la historia, de la naturaleza y del amor para convertirlas en ideales.
¿No es esto lo que el hombre ansía? ¿Regresar al mundo de las ideas?
Sí. No me cabe duda de que cualquier hombre pretende volver al mundo de las
ideas, pero cualquier hombre, cualquier Dédalo, sabe que ningún mortal puede
llegar al mundo de las Ideas siendo hombre; igual que cualquier Dédalo sabe que
ningún hombre puede desprenderse de la materia de que está hecho y seguir llamándose
hombre. Se empeñe quien se empeñe.
Todos aquellos que creen que en un sistema cerrado, con o sin armonía
preestablecida, con o sin Razón, la apelación sin más de la libertad, su simple invocación nominal, puede convertir en realidad real los ideales, que
alcanzar esos ideales resulta posible porque el simple acto de proferirlos en expresión lingüística les otorga la materialidad que el mundo de los hombres requiere, terminan precipitándose al vacío, igual
que Ícaro, pero, curiosamente, no por
acercarse demasiado al sol, que es lo que le sucedió a Ícaro, sino porque en
tales sistemas cerrados aquellos que se elevan creyendo que la libertad alcanza sus
ideales terminan por estamparse contra el techo que cierra el sistema, igual que se estampa
el mosquito contra el parabrisas del coche.
No me cabe duda: cada uno de esos sistemas cerrados están en permanente movimiento; movimiento, además, muy rápido; en aceleraciòn constante.
No obstsnte: Aun en el supuesto caso de que las colisiones fueran imposibles en el exterior, no lo son el interior. La rapidez con la que esos sistemas cerrados, leibnizianos o hegelianos, se mueven en su interior marean a cualquier individuo, a cualquier apetito natural. Eso en el caso de que, como ya hemos dicho, no lo estampen contra el techo mientras el sistema se encuentra en plena vorágine.
La estructura final de los circuitos cerrados resulta siempre muy parecida.
Platón convierte su República en un totalitarismo intelectual sin plataforma emocional: ni padres, ni música. El de Hegel es un sistema cerrado en el que la libertad es de naturaleza romántica a la que es necesario concederle el apellido de “Razón” para que la libertad no descubra que está encadenada, y que, por encadenada, se ha vuelto loca. De esa locura parten los totalitarismos más fieros. El término “Razón” ofrece a esa libertad encadenada, y por encadenada, sumida en desvaríos, el alibí necesario para exculparse. La culpable será la Razón. Pero, curiosamente no a la razón hegeliana, que por libre, queda libre! (Perdonen mi sentido del humor); sino la razón instrumental, porque esa, como sirve a cualquiera, puede ser siempre inculpada.
Como a cualquiera sirve, se recuerda que la razón instrumental ha servido a los ilustrados, olvidando que esa razón instrumental ha servido, mucho más servilmente incluso, a la Razón de la libertad romántica y a libertad de la Razón hegeliana.
Dicho "olvido" de la realidad real, esa falta de análisis honesto, es el que permite a la historia, encadenada como está, en las mazmorras del Romanticismo, condenar a los ilustrados, a Kant y a sus amigos Newton y Aristóteles, mientras que concede al sistema de Hegel, padre de tantos totalitarismos, el agradecimiento y reconocimiento necesario.
Leibniz suele ser olvidado. Ciertamente, el optimismo mental de su filosofía le ha convertido en “trend topic”. Su error, sin embargo, radica en que descubre demasiados puntos al "enemigo". De hecho, es Leibniz quien ha hecho posible que yo pudiera escribir gran parte de este artículo.
Volviendo a la cuestión del espíritu, se impone recordar la diferencia
entre mundo espiritual y mundo mental.
El mundo espiritual exige la libertad tanto como la concesión de la “gracia”
para que dicha libertad tome la adecuada dirección y se dirija hacia el mundo
espiritual ascendente y no hacia el mundo espiritual descendente.
El mundo mental es básicamente un mundo material, no un mundo espiritual. Por eso es posible que los científicos indaguen en la mente en tanto que órgano, pero no en el espíritu individual. Esta es la pared contra la que una y otra vez chocan los psiquiatras y psicólogos.
Por encontrarse en mundos cuánticos,
unos y otros están convencidos de que tarde o temprano lograrán atravesarla y
descubrir el espíritu al que muchos llaman “conciencia”. La mayoría de los físicos
cuánticos que conozco, que se han ocupado del tema de la conciencia han
terminado por aterrizar en inteligencia artificial. Lo cual, fuerza es
reconocerlo, da cuenta de la gran inteligencia y sensatez que les caracteriza.
Del mismo modo, justo es aceptar que en los ámbitos financieros los circuitos cerrados determinados por la triada Platón/Leibniz/Hegel y aderezados con la física de Einstein han proporcionado, al menos hasta este instante, sustanciales ganancias.
Para conseguirlo, las finanzas se han basado en modelos matemáticos. Dichos
modelos se construyen considerando las variables existentes, así como las
relaciones entre ellas. Puesto que se trata de circuitos cerrados, las variables,
aunque sean muy numerosas, son limitadas. Esto determina que las relaciones
entre dichas variables puedan ser predecibles, al menos hasta cierto punto. Ya
hemos visto que las mónadas de Leibniz en su interior tienen un “apetito
natural” por el que unas veces ven más claro que otras. Este “movimiento”
interior de la percepción determina, sin duda, la trayectoria de su movimiento
exterior.
Es evidente que cuanto más variables existan en esos circuitos cerrados, más se complica la posibilidad de predecir su comportamiento, mucho más, además, si esas variables están en constante movimiento. Da igual que se rijan por la dinámica leibniziana o por por la dialéctica: Se exige la elaboración de modelos cada vez más complicados.
La física cuántica es la única capaz de elaborar dichos modelos matemáticos.
En un panorama así el estudio del azar es posible hasta un cierto punto. Después resulta imposible.
Por otra parte, los sistemas cerrados pueden infectarse o de “virus”, pueden aparecer fallos internos inexplicables, (de ahí la importancia en nuestros días "cuánticos" de la "higiene" y de "la salud mental") y pueden hasta sufrir alteraciones y mutaciones, por más que éstas se superen a través de la “síntesis”.
Por otra parte si la síntesis tarda mucho tiempo en alcanzarse es posible que se produzca la destrucción del circuito cerrado. Para evitarlo se crean constructos artificiales que cumplen la "función" de síntesis, aunque no lo sean: los llamados "compromisos" que son, en realidad "malabarismos".
Dadas las dificultades enumeradas ¿por qué las
finanzas han elegido la filosofía de la triada Platón/Leibniz/Hegel y las
matemáticas cuánticas?
Por la misma razón por la que Leibniz tomó prestado de Demócrito el concepto de átomo, como ente material y lo transformó en “mónada”, de constitución espiritual: Porque el socarrón Zenón saluda alegremente, avisando de que el movimiento es falso.
Como ya les he dicho en alguno de mis anteriores artículos, lo que los
estudiantes de filosofía suelen aprender es que gracias a Newton se resuelve la
aporía de Zenón acerca del movimiento. Es posible incluso que aprendan que ambos,
Newton y Leibniz se atribuyen el descubrimiento del cálculo infinitesimal. A
partir de ahí, los estudiantes de filosofía pasan a otro tema, a otro autor y no
se preocupan más de cuestiones que pasaron siglos atrás.
La cuestión, sin embargo, sigue siendo una de suma actualidad.
Entre otras cosas porque lo que ha de preocuparnos a la hora de
enfrentar a Newton y a Leibniz no es tanto determinar quién descubrió el cálculo
infinitesimal porque no se tarda mucho en concluir que fue el gran Newton, sino
la repercusión que tuvo el descubrimiento del cálculo infinitesimal en uno y
otro. Es aquí donde la cuestión se torna sumamente interesante.
La construcción que suele utilizarse o, al menos,
la que le llega a la mente del estudiante de filosofía es la siguiente: Newton descubre
el cálculo infinitesimal; con ello Newton resuelve la aporía de Zenón.
La conclusión a la que llega el estudiante es la
siguiente: Newton logra resolver la aporía de Zenón y demostrar que Zenón se equivoca.
FALSO.
Lo cierto es que Newton logra resolver la aporía
de Zenón y demostrar que Zenón tiene razón.
Es justamente este motivo lo que obliga a Leibniz
a convertir a sus mónadas en “átomos espirituales” que, a decir verdad, es una
especie de intento de “transportación” de la piedra filosofal al mundo cuántico. Ello supondría conciliar mundo newtoniano y mundo cuántico. Se trata de un imposible. Pero esto
es otra historia…
La primera intención de Leibniz era
evitar a Zenón y la confirmación de sus teorías gracias al descubrimiento del
cálculo infinitesimal.
Quizás el bueno de Leibniz hubiera podido
conseguirlo de no haber estado empeñado en tomar como base la noción de “átomo”,
de Demócrito.
Porque es aquí, justamente aquí, donde empieza el
Reino del que Zenón habla: el Reino del No-Ser que, negando el Ser, es; el
reino del No-movimiento que, negando el movimiento, es. Es de este mundo, del
mundo del vampiro, del que Zenón habla.
Comprendan: Zenón es un iniciado. Es Aristóteles,
creo que en la Metafísica, donde lo deja caer. Al menos Aristóteles es el que me llevó a intuirlo, por más que se notara en sus palabras un sutil, por más que elegante, desprecio hacia todos ellos. Zenón es un iniciado, igual que lo es Heráclito,
igual que lo son otros tantos. Es posible que la filosofía se hubiera desligado del
mito para dar cuenta de la composición del mundo material y mental, pero, desde
luego, lo que de ningún modo había hecho la filosofía era desligarse del mundo
espiritual, ya fuera la dirección hacia arriba, como hacia abajo.
Demócrito se sitúa en el mundo atómico y material. Las aporías de Zenon el iniciado demuestran que ese mundo atómico
y material es un “diablo que se muerde la cola”, es una caída a un agujero sin
fondo…; En suma: lo que Zenón afirma y muestra, sin nombrarlo, es que ese mundo atómico y únicamente material abre
las puertas del reino del No-Movimiento, del No-Ser; abre las puertas del
inframundo, del reino del vampiro, que alberga a todo aquello que es una negación de lo
que es, y lo traspasa.
(NOTA:
Lo sé. Lo sabemos todos: Ciertamente Demócrito es posterior a Zenon.
NO OBSTANTE:
Prueba de que existe una relación entre Zenon y Democrito la encontramos en la obra sobre los Presocráticos de Kirk y Raven: "La opinión general concuerda en que Leucipo desarrolló su teoría de los átomos en respuesta al elenco de los eléatas: así piensa Aristóteles. Fuentes tardías los hicieron incluso un eléata y, según Diogénes Laercio, ix 30 (DK 67 A 1), fue discípulo de Zenon. No tenemos por qué creer esta afirmación, ya que no la sugiere Aristóteles y pertenece a la clase de noticias que pudieran haber sido urdidas por Soción o cualquier otro escritor de sucesiones." ("Los filósofos presocráticos. G.S. Kirk y J.E. Raven. Pg.558. Ed. Gredos.3ª Reimpresión, octubre 1981.ISBN 84-249-2169-0)
Pese a la gran calidad de la obra de estos autores, llegados a este punto me veo en la obligación de llevarles la contraria a lo que aquí afirman por dos motivos. Exhortar al lector a ignorar las palabras de Diógenes Laercio basándose únicamente en que Aristóteles no lo sugiere, (especialmente teniendo en cuenta que lo que a mí me sugiere Aristóteles es que nos encontramos ante "iniciados" y no "verdaderos filósofos") implica recurrir a Aristóteles como fuente de autoridad para negar la relación de maestro alumno entre Zenon y Demócrito. Esto me me parece tan infundado como precipitado; especialmente cuando de todos es sabido que Aristóteles nunca fue un auténtico iniciado, sino un hombre enormemente erudito e intelugente.
El segundo es que para invalidar el testimonio de Diógenes Laercio, que sí admite esta relación, los autores han de acudir a una conjetura en conjuntivo: la de que "pudiera haber sido" a lo que sigue la atribución de una sospecha: "urdida por".
Estamos hablando de iniciados. Ésta es, al menos, la impresión que se tiene cuando uno lee la Metafísica de Aristóteles: la de que Aristóteles considera que los eleatas son iniciados, más que filósofos. De ahí, quizás, ese cierto olor a desprecio hacia ellos del que ya he hablado anteriormente. Los iniciados poseen un saber antiguo. Al escribir sus textos tienen ese saber ancestral en mente aunque sea sin nombrarlo, porque dejan la tarea de su revelación a los que llegarán después que ellos. (Como San Juan Bautista dice de él respecto a Jesús.) La revelación de dicho Saber ha de hacerse cuidadosamente. Primero hay que preparar el terreno y esperar a que éste se encuentre capaz de recibir nuevos conocimientos.
Parménides es otro de los iniciados. Su afirmación de que "Todo es" va más allá de la diferencia "potencia/acto" de Aristóteles. La tesis de Parmenides se refiere justamente a que tanto el camino del Ser (al que Heráclito se refiere), como el terreno del No-Ser (cuántico), son. En esa esencia del Ser es donde reposa su unidad. El deseo de Parménides, como el de Leibniz, como el de los físicos actuales consiste básicamente en compatibilizar el mundo heraclíteo con el de Zenon; el mundo de Newton con el de Einstein)
Es decir: para Parménides lo crucial reside en el hecho de que el mundo del No-ser, cuántico, de probables combinaciones y de divisiones infinitesimalmente infinitas, está dentro del mundo del Ser.
La eternidad y lo infinito, ambos reinos "Son".
Repito: Pármenides pretende encontrar lo mismo que todavía hoy se busca: la unión entre el mundo físico descrito por la física de Newton y el mundo físico descrito por la física de Einstein. EL PROBLEMA QUE INTRODUCE PARMÉNIDES es la de definir TODO como un único UNO: el SER.
Dos son las consecuencias que ello genera.
En primer lugar el Ser como Todo queda encerrado en un circuito cerrado, del que nada puede salir y en el que nadie puede entrar.
En segundo lugar, al unificar a todos los tipos de Ser en un único Ser, iguala y fusiona a todos los tipos del Ser, lo que implica destruir los límites. Con ello Parménides desvirtúa los límites, los anula, y permite la introducción de la locura del No-Ser, que es en el ámbito del Ser )
Hecha esta aclaración volvemos al caso que nos ocupa:
¿Han visto el cuadro de Magritte titulado “esto no es una pipa”, mientras muestra una pipa?
Negar la existencia de una cosa no significa que esa
cosa no exista. Esta es la primera explicación que siempre se ofrece.
Pero hay otra: Que la negación del Ser tiene una
entidad propia. Por eso la negación del movimiento tiene a partir de un momento
una entidad propia; igual que la negación del Ser tiene su propio reino.
Esto es algo que Newton versado en Física y muy
interesado en alquimia, siempre unida a la filosofía hermética, descubre junto con el cálculo
infinitesimal. Newton comprende las implicaciones y las consecuencias que su descubrimiento del cálculo infinitesimal tiene y decide mantenerse en los espacios siderales de la grandeza astral y en los modelos
matemáticos de la tangibilidad tangible.
¿Por qué? Porque todo ello pertenece al Reino del Ser
y del Movimiento Aristotélico; porque allí la teleología tiene una dirección y
un fin. Lejos de representar la caída en un pozo sin fondo, posibilita llegar a
Dios (o al infierno), pero llegar. De lo que salva la física newtoniana es
justamente del mundo que Zenón señala.
Leibniz es también consciente de que Zenón tiene razón, pero, al contrario que Newton, cree que
transformando el átomo material en átomo espiritual, llamádolo “mónada”, arregla el asunto.
Lejos de arreglarlo, Leibniz ha enredado el
asunto.
Veamos:
Lo que pretende Zenón en realidad es llevarle la contraria al otro gran iniciado: Heráclito.
Heráclito sostiene que el camino es uno y el mismo
arriba y abajo.
El alumno ha de comprender que el camino es el
mismo; la dirección, no.
Zenón señala a Heráclito que no sólo la dirección
sino la estructura misma del camino es distinta. Zenón indica a Heráclito que el estudio de la dirección (incluso la posición) arriba/abajo, sólo tienen sentido en tamaños grandes, no en dimensiones imperceptibles.
La aporía de Zenón obliga a reflexionar acerca de lo que se presenta cuando nuestra dirección se dirige hacia lo más pequeño infinitamente.
El primer obstáculo para comprender, reflexionar siquiera, sobre este asunto, es el modo en que se presentan a Heráclito y a Zenón en los estudios de Filosofía: como a dos grandes antagonistas porque, se explica, uno afirma el movimiento y el otro lo niega.
El interés por el movimiento es una constante en la Antigüedad. El movimiento más pleno se afirma en circuitos abiertos, en dirección ascendente y trascendente.
En principio, pues, es pisible negar el movimiento al descomponerlo en unidades cada vez más pequeñas, no cuando las unidades se hacen más grandes
Esto se resume concluyendo que Zenon niega el movimiento.
ESTA ARGUMENTACIÓN ES FALSA.
AL MENOS, NO COMPLETAMENTE CIERTA.
Zenón no niega el movimiento puesto que las líneas se pueden dividir, al menos hasta un punto y esa división ya puede considerarse "un movimiento".
En dirección hacia abajo, en dirección decreciente, el movimiento se convierte en un movimiento sin fin.
En mi opinión, lo que Zenón afirma es que llega un momento en que ese "movimiento" infinito e interminable hacia abajo termina por cambiar y transformar el camino mismo, hasta que llega un instante (y con ello se introduce el concepto tiempo) en que el movimiento se convierte en un No-Movimiento, igual que el Ser se transforma en un No-Ser. (Igual que el tiempo aparece como No-Tiempo)
Zenón es el iniciado peor comprendido de toda la historia, creo yo.
Ese No-Movimiento al que Zenón se refiere es, en realidad, un "movimiento" infinito, sin fin.
Justamente el movimiento que no termina nunca, que no llega nunca a su fin, es lo que transforma un Movimiento en un No-Movimiento. Es esa interminable division la que abandona el Reino del Ser y abre las puertas del No-Ser. (El Reino del No-ser del vampiro que alberga una vida que no acaba nunca, una vida que no es nunca plena) El Tiempo se adentra en la dimensión del No- Tiempo.
Esto lo entendió Newton y por eso tomó la
dirección ascendente y trascendente.
Esto lo entendió Leibniz, pero, optimista como
era, pretendió solucionar el asunto sin conseguirlo.
Einstein se lanzó a la exploración de las
inmensidades minúsculas. ¿Es posible descomponer las unidades hasta un punto en
que ese no-movimiento infinito nos permita penetrar en otros mundos y universos
sin “movernos” del sillón de nuestra casa o, al menos, sin notarlo? En mi opinión, Einstein no llega a abandonar nunca las dimensiones clásicas del Tiempo, del movimiento, de la Velocidad, aunque roza las dimensiones del No-Ser, del No-Tiempo y del No-Movimiento. La cuestión de la luz le interesaba demasiado, creo yo.
La conclusión a la que Zenon nos obliga a llegar no puede ser más clara: Con
independencia de que nos encontremos en el plano material, o en el plano
espiritual: Infinitud ascendente no es lo mismo que Infinitud en descendente.
Con su aporía acerca del movimiento, Zenón muestra dos tipos de falsedad:
- - La
falsedad del principio de igualdad,
- - La
falsedad del principio del círculo como figura geométrica perfecta.
Zenón rompe el círculo, introduce la línea y demuestra
que no sólo la dirección arriba/abajo es diferente: es que incluso el camino en
dirección decreciente se torna diferente.
El movimiento existe, sí. Pero mientras el movimiento
en creciente se transforma en Eternidad finita, esto es: una eternidad que
tiene principio y fin, un alfa y omega, el movimiento hacia abajo se transforma
en una eternidad infinita, donde la infinitud -ya sea material o espiritual –
no tiene fin.
Lo que pone de manifiesto Zenón es que como lo
material es siempre divisible, el movimiento es infinitamente a ningún sitio.
La imposibilidad de terminar la división es lo que
destruye los límites.
El No-Ser está marcado por la imposibilidad de
llegar a límites.
El No-Ser está marcado por la inexistencia de
límites.
Y esto: la inexistencia de límites es lo que define
a la locura.
Llegados a este punto es cuando comprendemos en su absoluto significado la conclusión a la que llegó Newton, ¿recuerdan la frase que pronunció?:
“Puedo
calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de la gente.”
Aquí es donde se confirma lo que al principio se trataba únicamente de una
opinión. Newton consideraba que el movimiento de los cuerpos materiales puede
ser conocido y predecible gracias a las matemáticas, cuando estas se refieren a
estructuras ascendentes que se caracterizan por ser limitadas y abiertas; pero
no cuando nos adentramos en estructuras descendentes que son ilimitadas.
Estas estructuras descendentes son descendentes, aunque sean introducidas
en sistemas cerrados, poco importa que esos sistemas cerrados se rijan por la
armonía preestablecida o por la libertad en dialéctica. La llegada al Absoluto queda
siempre lejos, y cuantas más etapas y más divisiones y subdivisiones, más se
adentra ese Absoluto en el Reino del No-Ser al que Zenón se refiere, hasta caer
en el movimiento que permanece inmóvil. Esto es: en el No-movimiento.
La física cuántica intenta comprender la parte descendente. No obstante, mantiene todavía la conciencia de límites.
Cuando la física cuántica abandona la
conciencia de límite se adentra en el terreno de la metafísica. Esta metafísica
es material y descendente. Con todo lo que ello significa. Por eso la física
cuántica es, fundamentalmente, teórica y, por fuerza, ha de entender las
implicaciones filosóficas de Zenon, Heráclito y las afirmaciones de las dos
tríadas de filósofos que hemos señalado antes.
El gran error en el que una parte de la física cuántica está cayendo es que en vez de reflexionar sobre la problemática que presentan Zenon, Hersclito, Parménides y las "dos tríadas", como yo las denomino, concentran sus energías en buscar cómo armonizar la física Newtoniana y la de Einstein.
Entre el mundo del Ser (Arriba/Abajo el mismo camino) y el mundo del No-Ser que, sin embargo, es, (mundo cuántico) existen diferencias insalvables.
El segundo error es dejarse utilizar por las
llamadas finanzas cuánticas.
Se descompone al infinito en unidades finitas y se pretenden establecer
modelos en función de estas variables. Los modelos saben que lo máximo que se
puede predecir es el 0´99.
No obstante, incluso esto es un imposible por la cantidad de variables,
relaciones, interrelaciones…
Por otra parte, se hace necesario recordar que cada unidad en sí misma
considerada es un infinito infinitamente divisible.
Así pues, nos encontramos ante un Infinito infinitamente divisible
compuesto de unidades infinitamente divisibles.
La infinitud infinitamente divisible en la infinitud infinitamente
divisible. Aquí es donde aparece la problemática que encierra la frase “El Todo
en el Uno y el Uno en el Todo”.
Es verdad que muchos deciden “destruir” esa infinitud infinitamente
divisible introduciendo el concepto de Océano líquido y no sólido.
Es aquí donde aparece eso que tantos intentan sobreseer: sólido/líquido/gaseoso
son en ciencia tanto como en metafísica, distintos estados de la misma sustancia.
Son los límites los que definen el estado de una sustancia y los que evitan confusiones
a la hora de estudiarlo. Ahora bien: mientras en grandes dimensiones resulta
posible separar el mar en dos, en pequeñas dimensiones nos enfrentamos a los
mismos problemas anteriormente enumerados: la infinita posibilidad de ser dividida.
Cuanto más se pretende dividir el fluido más se desciende y más se adentra
el fluido en las leyes de Zenón.
La fluidez tampoco soluciona el reto de Zenón.
Es la imposibilidad de dar por finalizada la división, esto es: la
inexistencia de límites a la infinitud, la que introduce la locura. La locura
no es azar, ni siquiera es incertidumbre. El elemento propio a la locura es el
tándem “Impredecibilidad/caos”.
Cuando nos adentramos en el terreno de la locura, sin límites a los que agarrarse,
el “a veces se gana, a veces se pierde” se convierte en irrelevante.
La inexistencia de límites determina la aparición de la locura cuya
naturaleza, a su vez, descansa en la inexistencia de límites:
a)
Por
un lado, la imposibilidad de que la locura pueda ser descrita por leyes. La
locura es un estado que se mantiene ajeno a cualquier tipo de ley: a las
humanas, tanto como a las matemáticas. Éste es el motivo por el que a lo largo
de la historia unas veces se le considera maldición y otras, chispa divina.
b)
Por
otro lado, la carencia consustancial de límites imposibilita construir “diques
de contención”, ya sea con modelos matemáticos o con acciones humanas.
Al principio de este artículo hablábamos también de que determinados
condicionantes externos podían generar la locura colectiva. Dichos condicionamientos
externos podían ser por causas naturales y por causas artificiales, que servían
a los intereses de unos cuantos.
Bien: justamente uno de los aspectos de la física cuántica, que se ocupa de
los modelos matemáticos en áreas de la combinatoria, es uno de los instrumentos
de los que más se abusa a la hora de provocar esta locura artificial.
Y bien, dirán ustedes, ¿qué tiene todo esto que ver con las finanzas
cuánticas, es decir, con las finanzas que usan y abusan de la física cuántica
para establecer modelos matemáticos cada vez más precisos que permiten, cada
vez mejor, predecir la marcha del mercado o, lo que es lo mismo, los resultados
de las quinielas?
Tiene que ver y mucho.
Las finanzas han abandonado el terreno de lo tangible; el actual concepto de
“capital” no es el tradicional. El capital antes estaba sujeto al mundo de la
tangibilidad tangible. En cambio ahora está sujeto a las predicciones, a los
modelos matemáticos, cada vez más complejos, cada vez más necesitados de la
rapidez de la inteligencia artificial, y todo esto determina que las finanzas
estén reservadas a un grupo muy limitado de personas.
Pero que este grupo de personas que están en posición de adentrarse en el mundo
de las finanzas cuánticas sea limitado no significa que se haya conseguido resolver
la infinitud de lo infinitamente divisible.
¿Cuántas variables actúan e interactúan en las finanzas cuánticas actuales?
Cualquier experto les enumerará un sinfín de variables y no acabará su
lista.
La verdad es que en las finanzas cuánticas de la actualidad sólo existe una
variable: la locura.
Por eso el mundo parece cada vez más caótico, por eso el caos colectivo es
una posibilidad cada vez más real es un mundo en el que debido a la dirección
en la que está dirigiéndose, la locura se perfila como la única variable.
Cambiar la dirección sería una posibilidad. Asirnos a la tríada
Aristóteles/Newton/Kant.
Lamentablemente casi nadie está dispuesto a considerar esta idea como
factible.
Otra posibilidad es convertir al hombre en una máquina. La máquina es
predecible. La locura se reduce a funcionar bien/ funcionar mal/ no funcionar.
Pero puesto que la máquina es un mecanismo, es más fácil de controlar.
El problema que esto plantea es que de todas formas la máquina es un
instrumento que como cualquier razón instrumental sirve al dueño que la posee. Si
la máquina sirve a la locura, es predecible que la máquina realice movimientos
impredecibles.
¿Dónde termina la locura?
Allí donde empieza el Ser.
¿Dónde empieza el Ser?
Allí donde el camino toma la dirección ascendente trascendente.
Heráclito sólo ve el camino del Ser que, en efecto, ya sea arriba como abajo es uno y el mismo.
Lo que Zenón señala es que más allá de ese camino del Ser hay un camino del No Ser, distinto, a su vez, del concepto de la Potencia de Aristóteles que incluso como posibilidad pertenece al mundo del Ser: al del acto
El mundo del No Ser de Zenon es el mundo del caos en que TODO es posible e imposible al mismo tiempo.
En fin…
Seguimos donde estábamos. Loa a Zenon.
Isabel Viñado Gascón
A todos ustedes muchas gracias por su amabilidad.
En el momento en que se comprende lo que Zenon realmente dice, uno sabe que Zenon con sus aporías está advirtiendo del peligro que entraña el camino de lo decreciente.
La fisica de Newton y la física de Einstein no son compatibles.
No lo serán jamás.
Es posible que ambas tengan zonas yuxtapuestas: los puntos en común de los opuestos a los que tantas veces me refiero. Pero esa coincidencia es pura apariencia. En realidad es la advertencia de que a partir de un momento ese camino que Heraclito consideraba uno y el mismo, se torna completamente diferente.
Isabel Viñado Gascón
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