Zenón. Siempre
Zenón. Puerta de Salida
Ustedes conocen el deseo de encontrar una salida. Ahora que estoy
analizando en profundidad la postmodernidad y la cyber filosofía o la post-postmodernidad,
el anhelo de encontrar una salida se ha convertido en una imperiosa necesidad.
Pues bien: la he encontrado.
La encontré ayer. La encontré, como viene siendo habitual últimamente, mientras
dialogaba con mi amigo Carlos Saldaña. En general, nuestras conversaciones son
la expresión de una única inquietud la que despierta la reflexión ahora que nos
encontramos ante el umbral de nuestra vejez: ¿Hemos hecho todo lo que teníamos
que hacer? ¿Cómo sobrellevar nuestros errores? ¿Cómo curar aquellas heridas que
hemos sanado aprisa y mal? A algunos, como a Jorge el tranquilo, la vejez no le
supone más quebraderos de cabeza que los referidos a la salud; otros, como yo, aceptamos las limitaciones de la salud con un inusitado estoicismo, lo cual en
absoluto implica que ello nos convierta en buenos pacientes. A decir verdad somos enfermos
tan estoicos como insoportables. Justo porque lo sabemos preferimos padecer nuestros
padecimientos en el estoicismo de la soledad.
Lo que más le preocupa a Carlos el misántropo es no conseguir llevar a cabo todo aquello que todavía pretende realizar. Carlos es uno de esos hombres que se pasan la vida subiendo peldaños en la escalera de la eternidad infinita y excelsa. Es por eso pir lo que Carlos precisa imperiosamente de la fuerza y de la vida: para seguir subiendo. Como ven, todo lo contrario de aquellos cansados ancianos, cansados de su propia existencia y de sus luchas, que siguen los consejos de marketing publicitario que los animan, les apremian, les obligan, casi, a aprender lo que de jóvenes no aprendieron. Mi amigo Carlos el misántropo, necesita la eternidad para seguir construyendo; en cambio éstos otros viejos se mantienen activos porque una infinidad de campañas publicitarias les han dicho que así seguirán vivos; y por eso después de innumerables y surrealistas cursos, manifestaciones, sesiones terapéuticas aquí y allá, se dirigen, como de costumbre, al mismo mercado al que durante décadas han acudido, a escuchar y a propagar chismes; y por la tarde ronronean con viejos y viejas como ellos – aunque sea por teléfono, que así es más fluido, menos visible y evitan habladurías.
Nada nuevo bajo el sol: en el camino excelsos y vulgares se encuentran sin remedio. Parecer,
parecen todos iguales. No lo son. No lo son, aunque los vulgares hablen más y
mejor; no lo son, aunque los vulgares dominen el arte de la auto exculpación,
sean los que sean sus líos y sus faltas, mientras que los excelsos, siendo
inocentes, se dejan llevar dócilmente al cadalso porque los excelsos contemplando
siempre la perfección eterna, vislumbran sus imperfecciones constantemente y porque
no se perdonan nunca, un pequeño error los mantiene en vela toda la noche y no
vuelven a ser ellos hasta que no lo han conseguido reparar, signifique lo que signifique
el concepto “reparación”.
Carlos el misántropo es un excelso. Yo sólo soy una bruja; una vieja bruja,
si lo desean. Intento con todas mis fuerzas cumplir la misión a la que, por
bruja, estoy obligada: la de absorber las energías negativas que me rodean,
para que no campeen a sus anchas. Si bien reconozco que Dios me ha concedido la suficientemente
fuerza para soportarlo, debo igualmente confesar que cada vez más a menudo me pregunto si también me ha otorgado la necesaria profundidad para poder albergarla. En los últimos tiempos mis hombros se encogen y mis
ojos sin lágrimas muestran al espejo una tristeza desconocida para mí y apenas disciernen
a ver la luz de la estrella que con tanto fulgor me guio durante el tiempo que Alba,
el vampiro, la energía errante y yo estuvimos en el Mundo Intermedio buscando
al Espíritu. Pero eso es otra historia.
La salida.
La salida, como digo, la encontré ayer mientras hablaba con Carlos el
misántropo que, como siempre, se lamentaba de la lentitud suya en
contraposición a sus compañeros; mucho más rápidos que él, aseguraba.
Imaginen ustedes la cantidad de pensamientos que se agolpan en mi cerebro y
en mi garganta cuando alguien, - en momentos en los que estoy estudiando – e intentando
comprender- lo que términos como “aceleracionismo”, “cyber”, “inhumano”,
significan – se queja de “lentitud”.
Cuando antes les confesaba mis dudas acerca de si Dios, el Universo o, como
ustedes prefieran llamarlo, me ha dotado de la suficiente profundidad para
albergar tanta energía negativa es porque mi carácter, cansado o no, sigue
siendo -posiblemente lo seguirá siendo hasta el final de sus días - muy mosquetero.
Justo en instantes como esos en los que Carlos el misántropo llora por lo que
él denomina “lentitud”, es cuando noto que la estrella se transforma en espada,
en mazo y que mi fuerza se vuelve lucha.
Y atiza.
“¿Lentitud, dices? ¿Osas aborrecer tu
lentitud? ¡Carlos! ¡Tu lentitud es hija de tu espíritu reflexivo y no de la
contemplación superficial que, vislumbrando los detalles superficiales, se
considera capaz de deducir las profundidades siderales! ¡Es la misma diferencia
que existe entre pasar el trapo para quitar el polvo y una exhaustiva limpieza!”
Carlos no es de los que aceptan fácilmente el consuelo. Su perseverancia en
el dolor es legendaria. Por eso que comprende lo que duele el dolor es uno de
los mejores médicos que conozco, tanto como para él mismo es uno de los más
cabezotas mártir que el mundo ha conocido. Ironía de Ironías, todo es ironía.
Y es entonces cuando se presenta Zenón. Zenón en todo su esplendor y
claridad.
Zenón es la salida.
Zenón es la salida ante la cual yo una vez me detuve y sobreseí. Sobreseí
porque es difícil desprendernos de las teorías que aprendemos; porque es más cómodo
creerlas; incluso aceptar teorías completamente distintas de las que aprendimos
resulta más liviano. Se deja una calabaza y se coge otra. Lo complicado es saber,
saber dónde está la falacia. Eso es lo que tanto cuidado, reflexión, serenidad,
soledad y confrontación con nosotros mismos requiere. Por eso Zenón en su
resplandeciente lucidez sólo pudo mostrarse tal y como era mientras yo hablaba
con una de las personas a las que más respeto, aprecio y admiro de este mundo:
mi amigo, mi buen amigo, Carlos Saldaña: guardián de mi amada hada, Carlota
Gautier.
He aquí Zenón, el verdadero Zenon. Ese Zenon al que únicamente uno, de
entre todos los mejores filósofos de la Antigüedad, supo comprenderle y
responderle adecuadamente: Aristóteles.
Ayer fue cuando lo comprendí. Ayer fue cuando le conté mi descubrimiento a Jorge el tranquilo, que, en contra de su costumbre, me escuchó tranquilamente, para a continuación tranquilamente contestarme que eso ya lo sabía él.
“El huevo de
Colón”, le contesté antes decolgarr, sin darle tiempo a que me replicara.
Es posible que ustedes hayan sabido siempre lo que ahora voy a escribir. Es posible que lo que ustedes dicen conocer desde siempre sea en realidad como la historia de aquel huevo de Colón al que todos sabían cómo mantener
vertical… una vez que Colón hubo mostrado cómo onseguirlo.
Yo, lo confieso, lo descubrí ayer.
Ayer fue también cuando admiré a Aristóteles más aún si cabe: por
inteligente y por sabio.
Heráclito, Zenón y Aristóteles, ¡quién me lo iba a decir!, muestran desde
hace milenios la puerta de salida. Yo la encontré ayer; después de haber pasado
por delante cientos de veces.
Comencemos pues.
En los manuales de historia de la filosofía los estudiantes suelen encontrar
las dos afirmaciones siguientes: a) “Zenón niega el movimiento” y b) “Zenón
establece aporías que demuestran que el movimiento no existe”
No siempre, a veces, en raras ocasiones, esos mismos manuales añaden que
hubo que esperar a que Newton descubriera el cálculo infinitesimal para resolver
las aporías de Zenón.
Es aquí donde el estudiante e incluso el maestro, ocupado con otras
cuestiones actuales más importantes, acepta sin más las aseveraciones de tales
textos, igual que la contraposición que hacen entre Heráclito, como defensor
del movimiento, y Zenón.
Hora es, pues, de que deshagamos un nudo que, lejos de ser un nudo gordiano,
es un nudo sencillo y sin mayores complicaciones. Por eso que es fácil de deshacer,
he empleado esta vez tanto tiempo en ocuparme de él: para demostrarles a
ustedes, mis desconocidos logaritmos, que incluso la más sencilla falacia permanece
liada si nadie se toma la molestia de atender a lo fácil. Y créanme: pese a la
humildad de la simplicidad, es ésta la que nos da cuenta de dónde estamos y
adónde vamos.
Díganme: Si ni siquiera lo evidente nos interesa, ¿cómo puede lo difícil
importarnos lo suficiente?
Lo digo yo, sí, la bruja ciega, aquella que no vio, literalmente no vio, el
elefante que se había detenido delante de sus narices; aquella que sólo tras
haberle sido desesperadamente indicado que alzara su mirada, dedujo que por
fuerza había algo que sostuviera a aquel hombre que parecía flotar en el cielo.
Pero eso, claro, es otra historia. Y lo es porque entre situaciones que se dan
y situaciones que permanecen en el tiempo hay grandes diferencias.
Brevemente, porque el tema es breve.
1)
Zenón
NUNCA negó el movimiento.
2)
Cuando
Newton descubrió el cálculo infinitesimal lejos de refutar las aporías de Zenón,
las validó de forma matemática, - igual que Kant las había valido
filosóficamente al negar la posibilidad de que el conocimiento humano pudiera llegar
a “la cosa en sí”. Así pues, lo que hace Newton es dar a las aporías de Zenón
un cuerpo matemático en el que poder corporeizarse.
¿Qué es, pues, lo que niega el iniciado Zenón y cómo logra Aristóteles, que
sin ser iniciado es atento, inteligente y tenaz y llega, por estos tres motivos,
a convertirse en sabio, solucionar con ayuda de Heráclito, el también iniciado,
la dificultad que Zenón plantea?
Zenón, el iniciado, no niega el movimiento. No lo negó nunca.
¿Qué es, pues, lo que niegan las aporías de Zenón, el iniciado?
Lo que Zenón niega es el AVANCE.
El AVANCE, Y NO EL MOVIMIENTO, ES LO QUE NIEGA EL INICIADO ZENON.
LO QUE NEWTON (Y KANT) AFIRMÁN ES QUE, EN EFECTO, ESE AVANCE SÓLO TIENE
LUGAR HASTA UN DETERMINADO LÍMITE, Y NO MÁS ALLÁ DE ESE LIMITE.
Así pues, lo que hacen Newton, y Kant, es confirmar las aporías de Zenón.
Pero el atento, inteligente y tenaz Aristóteles había leído al iniciado Heráclito.
Él, como yo, conocía el mensaje implícito en las palabras de Heráclito. “el
camino arriba abajo es el mismo.”
El atento, inteligente y tenaz Aristóteles comprendió lo mismo que
comprendí yo: que el camino es el mismo, pero la dirección, no.
El atento, inteligente y tenaz Aristóteles logró lo que nadie había resuelto:
resolver las aporías del gran iniciado Zenón con la elegancia inherente a la
sabiduría.
Aristóteles no negó a Zenón.
Lo comprendió.
Igual que había comprendido a Heráclito.
Cuando una persona se mueve sin sentido alguno, esa persona, en efecto,
queda anclada en el sitio en el que está. El AVANCE se hace imposible. Es lo que
normalmente se representa visualmente como el diablo corriendo detrás de su
rabo.
Cuando una persona se mueve en sentido descendente, - esto es: materialista
nihilista- el avance es a la Nada; o lo que es lo mismo: a ningún sitio.
Únicamente cuando el movimiento tiene lugar en dirección ascendente
trascendental con un objetivo claro y diáfano es cuando es posible el avance y
cuando, de hecho, se produce el avance.
Aristóteles afirma que para que el avance
tenga lugar el sentido ha de ser teleológico o, en efecto, no es.
¿Hasta dónde es posible el avance?
Comprendamos a los griegos iniciados y comprendamos a los griegos sabios.
Aristóteles no está pensando en porcentajes matemáticos.
Tampoco los busca.
Ni siquiera está reflexionando con patrones filosóficos.
Aristóteles es consciente de que es con dos grandes iniciados con los que está
“conversando”.
¿Hasta dónde es posible el avance? – le preguntan a Aristóteles.
Y Aristóteles, el sabio Aristóteles responde:
Hasta conseguir la Vida Buena.
Y es entonces cuando escribe su “Ética a Nicómaco”
Para mostrarle el camino a su hijo.
Al menos él sabrá dónde se encuentra la puerta de salida.
La estrella de la bruja ciega.