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jueves, 19 de marzo de 2026

Contradicciones

 

EL 18 de Marzo de 2026 a las 12.35 horas, el periodista Stefan Schultz publica en “Der Spiegel” un artículo titulado: “Ministerin Reiche will Fracking in Deutschland ermöglichen – kann das klappen?“

A qué se refiere la pregunta del periodista: ¿A la posibilidad de que la técnica fracking sea factible en la geología alemana o a la posibilidad de que el fracking como fuente de recurso energético se apruebe en el país?

Si lo que le preocupa es la cuestión legal, Herr Schutz debería saber que cualquier idea por peregrina, que sea, puede materializarse si cuenta con el debido apoyo político, económico y social. El apoyo social se consigue básicamente a base de técnicas de propaganda, cada vez más sofisticadas o, en su defecto, por la fuerza bruta -que, después de tantas décadas de defensa y promoción de los derechos universales y derechos humanos y una vez que la universalidad ha desaparecido y el hombre se ha convertido en objeto – parece ser el método más utilizado en todas sus formas y variaciones:  coacción, amenazas, insultos, presiones psicológicas, crítica desmesurada y, en última instancia, claro la modalidad de la violencia: puñetazos, golpes, cuchillos, pistolas, fusiles, cañones, drones, misiles, y suma y sigue.

Del mismo modo, si el tema que le preocupa al periodista es el de la factibilidad de la técnica del fracking en la topología alemana, él, mejor que nadie, debería saber que la respuesta es tan breve como contundente: No.

Y esto porque independientemente de los adelantos alcanzados que se afirman haber logrado en la seguridad de su empleo, la técnica del fracking lleva aparejada la necesidad del uso del agua. Lo que, unido al agua que necesitan los centros de datos, más el agua que necesita la industria, más la que requieren las infraestructuras, supone un gran consumo. Consumo que la población ha de reducir cuando se trata de ella, de las tierras de cultivo y de los animales.

Al alto consumo de agua, se une la constante sequía que sufre Alemania.

Así encontramos publicado en Der Spiegel el 10.08.2015 a las 18.39 un artículo titulado “In Deutschland ist es so trocken wie seit 50 Jahren nicht”

De ese artículo hace ya once años. Durante este tiempo, se han buscado diversas soluciones a fin de reducir el consumo de agua.  Una de esas ideas consistió en presentar a los ahorradores de agua como hombres profundamente concienciados de la problemática y consecuentes en su comportamiento diaria con su responsabilidad individual para contribuir a apaliar la situación, por lo menos eso. Con este fin, se han emitido documentales mostrando la vida cotidiana de personas que conscientemente restringen el consumo de agua a unos niveles que podrían denominarse “renuncia al agua en olor a santidad”. Sospecho que esta llamada al “mimetismo” ha funcionado hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto. Admitámoslo: el hombre normal no está por la labor de subirse a los altares, mucho menos después de regresar a casa cubierto de barro y lodos de diferentes naturalezas y consistencias. Otra medida, ha sido la de abogar por un menor consumo de animales. Esta propuesta, sumamente interesante, no ha sido, sin embargo, correctamente tratada. Y ello porque en vez de estudiarla en su unidad se ha dividido, - fragmentado, que es lo que se persigue hoy en día -, en distintas áreas que, como suele pasar en estos casos, conducen a una conclusión abierta, o lo que es lo mismo: no se llega a ninguna conclusión.

Contemplemos la situación un poco más detenidamente. El tema de la carne puede considerarse desde tres puntos de vista: El primero: el maltrato animal en las granjas; el segundo, el maltrato animal en los mataderos – lo más tardar en 2020 el consumidor supo de estos escándalos; el tercero, la cantidad necesaria de agua para mantener a esos animales. Estos tres puntos, además de otras consideraciones adjuntas, como el tipo de alimentación para incentivar el crecimiento y el peso, los antibióticos que recibían para ocultar las enfermedades que el maltrato causaba, y otras malas prácticas, eran los motivos que conducían a defender la reducción del consumo animal. En efecto, lo más tardar en 2020 los consumidores sabían a ciencia cierta que los mataderos eran lugares deplorables en los que ni siquiera se cumplían los derechos de los trabajadores.

Durante todo este tiempo, las autoridades han incentivado y controlado el bienestar de los animales en granjas y en mataderos; por otra parte, el número de veganos y de vegetarianos ha aumentado tanto que las industrias cárnicas han debido de inventar, nunca mejor dicho, nuevos productos exentos de carne, pero que tuvieran la consistencia y sabor de los que estaban elaborados con materia cárnica. La palabra clave ha sido “libre de carne”, más incluso que “vegetal”. Que los nuevos productos fueran elaborados con más o menos componentes artificiales, o que los ingredientes de naturaleza vegetal impusieran el cultivo extensivo e intensivo de determinadas plantas no interesaba a casi nadie.  

En lo que se refiere al tercer punto, el consumo que los animales generaban, el día 6 de agosto del 2013, ya había periodistas que a las 18.33 publicaban en “Die Zeit” artículos en los que se afirmaba rotundamente que los “Vegetarier sind die besseren Umweltschützer” y escribía: “Wer ein Kilo Rindfleisch verpeist, verbraucht dadurch mehr als 75 Badewannen voller Wasser und enorme viel Fläche. Gemüse Esser leben sparsamer.

Merece la pena leer atentamente este artículo porque sigue los patrones” con los que trabajaron casi todos los periodistas. 

En primer lugar, la contraposición típica constituida por un lado por aquellos que comían carne y por los que comían vegetales, por otro, era el criterio que se utilizaba para determinar quiénes eran los que mejor cuidaban el medio ambiente. Los vegetarianos,  se aseguraba, eran los vencedores indiscutibles en esta disputa.

Desde esta perspectiva resultaba, en efecto, irrelevante que aquellos que comían vegetales tiraran los papeles al suelo, dejaran su basura sin reciclar y cogieran el coche para ir dos calles más allá de donde se encontraban. También carecía de importancia que permanecieran bajo la ducha hidromasaje una hora al día.  

Lo que preocupaba al periodista y lo que le servía como vara de medir era el consumo de bañeras llenas por parte de las vacas. Este consumo de bañeras de agua era lo que le servía para explicar “el punto”. La introducción del término “bañera” había sido cuidadosamente elegido, no les quepa la menor duda. Además de ser un término visual, la utilización de la bañera había sido desechada por la sociedad occidental. En su lugar se usaba la ducha, ducha hidromasaje a poder ser.

La causa de la desaparición de la bañera de los hogares de la ciudadanos obedecía, según se repetía incansablemente,  a la pretensión del ahorro de agua. 

La realidad real es que la decisión de renunciar a los baños calientes, a los baños de sales, a los baños aromáticos, no se debió,al menos no únicamente,  al menos no en primer lugar, al deseo de servir a la conservación del medio ambiente sino a la rapidez de la vida moderna, que exigía acelerar el ritmo de la actividad y a la pretensión de gastar menos dinero, al menos en agua que, en Alemania,  es relativamente costosa. 

Así pues, afirmar que los vegetarianos viven de manera más ahorradora incluye una gran falacia desde el punto de vista de sociedad como un todo.

Aceptémoslo: los que gastan agua no son los consumidores de carne sino los animales. El gasto de agua, por tanto, lo sufre toda una sociedad. 

Se sugería que los vegetarianos vivían de forma más económica porque, puesto que no ingerían carne, gastaban menos agua. Pero seamos claros: el agua que un vegetariano consume y pague dependerá del tiempo que pasa en la ducha, no de si consume un filete de carne al día, o no. 

Lo que el consumidor sufre es la falta de agua; en el caso de que la sufra. Y esta falta de agua es independiente de que se coman o no se coma carne animal. En la sociedad hay muchos perros y gatos. Todos ellos beben agua. Menos que las vacas, lo acepto. No obstante admitámoslo: hay más perros y gatos juntos que vacas, con la diferencia de que las vacas alimentan a la sociedad y los perros y gatos le sirven en su gran mayoría de diversión y sólo en unos pocos casos de ayuda.

Hablo de vacas porque el ejemplo que ofrece el periodista es precisamente el de las vacas. Es el kilo de carne de vaca el que exige 75 bañeras llenas a rebosar de agua. Ignoro si en el interior del artículo el periodista habla de lo que consume un kilo de carne de cerdo; lo que sí sé es que se puso a las vacas en el centro del debate del consumo de agua por parte de los animales.

De la noche a la mañana, los diversos medios introdujeron una nueva inversión en el gran saco del mundo invertido: desde los polos hasta los valores. Ahora le llegaba el turno a las vacas.

Las vacas que hasta entonces habían sido retratadas como víctimas, aparecían ahora presentadas como “verdugos”.

Las vacas habían sido, en efecto, víctimas. Pero esto sólo se supo al destaparse el escándalo de las vacas locas en el Reino Unido, que mantuvo en vilo a las poblaciones tanto británica como europea al menos desde mediados de los años ochenta hasta mediados de los noventa. Muchos ciudadanos enfermaban y morían por extrañas y desconocidas causas. Fue entonces cuando descubrieron que las vacas habían sido alimentadas con proteína animal para acelerar su crecimiento y peso. Cualquier buen lector sabe lo que “acelerar” en última instancia significa y ustedes, mis queridos algoritmos, lo son.

Ahora sin embargo eran sentenciadas por crímenes de lesa majestad. Por un lado, un kilo de carne exigía setenta y cinco bañeras llenas de agua; por otro lado, las vacas producían metano lo que incrementaba las emisiones de C02.

 Consiguientemente, al renunciar a las vacas, los habitantes de Alemania no sólo renunciaban a su filete de ternera y a sus salchichas; renunciaban, también, a lo que tradicionalmente ha constituido la base de su alimentación; esto es: leche, mantequilla, queso, yogures y nata. Y que conste: que yo, por naturaleza soy más de verduras, pero por gusto y no por una misión terráquea. 

De los cerdos, hasta donde yo recuerdo, se habló bastante menos.  En Top Agrar un artículo aparecido el 1 de diciembre del 2016 el título anuncia: Niederländer hält bald 15.000 Schweine in Sustrum.  Y continúa: „Ganz im Westen Niedersachsen entsteht derzeit eine der größten Mastanlagen des Landes. (…) Ganz im Westen Niedersachens entsteht derzeit eine der größten Mastanlagen des Landes: 15.000 Schweine will Wim Beulink künftig in seinen drei Ställen in Sustrum mästen, berichtet die Neue Osnabrückner Zeitung.  (…) 10.000 Tiere hält Beulink auf dem Gelände in zwei Gebäude, in das dritte sollen noch einmal 5.000 passen. Wie die Zeitung anmerkt, gibt es zwar Landwirte in Niedersachsen, die insgesamt mehr Tiere haben. Aber wolh keinen, der an einem Fleck so viele Schweine hält. Da seien sich Branchenkenner und -kritiker sicher.“ Las críticas hacia el ambicioso ganadero son muchas, pero ninguna de ellas se refiere al tema agua.

Y deberían. 

Deberían porque independientemente de la cantidad de agua que un cerdo consuma en su piara, la contaminación que sus purines provocan en el agua subterránea es realmente seria. Una y otra vez es ignorada por los medios de comunicación esta realidad.

Así pues, los motivos para la reducción del consumo de carne han quedado limitado a la cantidad de agua que cada kilo de carne de vaca exige, a las consecuencias perjudiciales para el C02 que el metano que expulsan las vacas conlleva. En el supermercado se encuentra más cantidad de carne de cerdo ecológica, que carne de ternera ecológica y todavía se sorprenden los consumidores de que el precio de la mantequilla se haya incrementado. Olvidamos que el número de vacas ha descendido por falta de demanda.

La pregunta que surge es por qué se han mantenido las granjas de cerdos, a pesar de la contaminación del agua subterránea a causa de sus purines y a pesar de que a mayor numero de cerdos, mayor es el riesgo de enfrentarse a una gripe porcina. La pregunta que se plantea cuando la referimos a una autonomía española concreta: la aragonesa, es la de cómo es posible que en una región famosa por su “ternasco”, por sus corderos, se haya sustituido e invertido el amor que se tenía a las ovejas, por la afición a los cerdos; de modo que en los últimos tiempos Aragón ha pasado de ser la región del ternasco a la región de las orejas de cerdo a la brasa.

La respuesta es fácil. España, al igual que Alemania, Dinamarca y otros países europeos, exporta ganado porcino al extranjero, especialmente a China que, después de haber intentado incluso la crianza intensiva de cerdos en bloques “asépticos” de trece pisos ha tenido que matarlos a causa de la peste porcina. Con la importación de la carne China se ahorra grandes quebraderos de cabeza con la contaminación de sus aguas por los purines, la propagación de la peste porcina y conserva, además, un incentivo -tanto como un modo de presión – en las negociaciones bilaterales, o multilaterales – como ustedes prefieran. Nominalismo de nominalismo, todo es nominalismo; ya lo saben.

Lo interesante de la cuestión, sin embargo, no es que el ganado porcino sufra menos discriminación que el ganado vacuno; como tampoco lo es el hecho de que el gasto privado de agua no está ligado al consumo de carne. Esto, de alguna manera son temas de discusión para amenizar veladas aburridas.

En mi opinión, lo relevante es que mientras que a los europeos se les apremiaba a consumir menos carne, especialmente carne de animales vegetarianos como son las vacas se introducía en los parajes naturales especies carnívoras, como lobos y linces, y omnívoras, como la del oso. Estas especies además de carecer de utilidad alguna al ser humano le han provocado tradicionalmente grandes pesares porque no sólo han engullido agua a diestro y siniestro, sino que han diezmado sus ganados y han puesto en peligro sus vidas en los días fríos del invierno. Se repite hasta el cansancio que los lobos son tímidos; no sé yo, la verdad qué encuentran de timidez en animales que no tienen ningún miramiento a la hora de atacar a ganados. Hace poco se vio a un lobo pasearse por una calle alemana. Por donde vino se fue. A algo así no se le puede llamar “timidez”; más bien el descaro del listillo que sabe que puede pasearse siempre y cuando no ataque a nadie; ustedes me concederán que las posibilidades de que un lobo con el estómago bien repleto se lance a una muerte segura son más bien escasas. Para ello tendría que estar enfermo.

Los lobos, se dijo, en los mismos tiempos en los que se sacrificaban a vacas por falta de demanda, son los que ayudan a conservar el equilibrio del ecosistema en los bosques.

¿Qué ecosistema de qué bosques?, me he estado preguntando durante más de una década. Los bosques alemanes no son especialmente grandes, por la sencilla razón de que tampoco lo es la extensión de Alemania. Más aún: como Alemania es lo que se denomina un “Transitland” además de una nación productora de automóviles, muchos de esos bosques están rodeados e incluso atravesados por autopistas. Por si esto fuera poco, los lobos no disponen de grandes recursos alimenticios. Compiten en la caza de los escasos ciervos con los cazadores que son, por otra parte, los que pagan para, en determinadas fechas, poder disparar y hacerse con un trofeo.  Algún jabalí habrá, la mayoría de los jabalíes, sin embargo, viven de facto en las ciudades. Y lo mismo podría decirse de los zorros: en el Tiergarten de Berlin he visto más zorros que en los bosques por los que he peregrinado.

A la cuestión de qué comen los lobos, les sigue la respuesta tradicional: ovejas.

Por eso una y otra vez me pregunto cómo es posible que un país, un continente, cuyos medios de comunicación llevan décadas pregonando la reducción de consumo de carne porque los animales consumen mucha agua, permite que sus bosques se repueblen con lobos que además de beber agua devoran sus ovejas, a falta (y ganas de correr) de ciervos, jabalíes y otras delicatessen. Cómo es posible que los medios de comunicación mantengan una indiferencia absoluta hacia las vacas que los ganaderos han debido sacrificar y sientan esa ternura protectora a animales que cuando sientan la llamada del hambre no se dedicarán a buscar pastos jugosos sino carne fresca, sea de quién sea. Si alguna esperanza le quedaba a San Francisco de Asís al respecto, el propio lobo se encargó de amablemente negársela.

Lo que, desde luego, conseguirán los lobos, de eso no me cabe la menor duda, es introducir nuevos obstáculos y desafíos aquellos que a falta de coche y de salvoconductos, decida lanzarse a la aventura a pie.

¿Desean ustedes más contradicciones en los medios de comunicación?

Los mismos medios que durante anos han combatido a los padres que se esforzaban por sus hijos burlándose de ellos, denominándolos padres helicópteros y padres drones, donde el término “padres” se refería especialmente a “madres”; los mismos medios de comunicación que se reían de los insultos que se daban a las madres y consideraban que era una tontería enfadarse porque insultaran a sus madres, eran los mismos que se indignaban si no se utilizaba el señoras y señores y asterisco; que exclamaban grandes discursos a la hora de defender a las minorías, como si las madres que se ocupan activamente de sus hijos no lo fueran.

En fin, los mismos medios que dejaban en la indefensión a los hijos que defendían a sus madres por amor, por respeto a ellas y por respeto a sí mismos, son los mismos medios que han instado a defender a grupos, causas y personas con las que esos muchachos adolescentes no tenían ninguna relación.

Los mismos medios que presentaban con gran alborozo libros con títulos parecidos a “No le debo nada a mis padres” eran los que apremiaban a defender a la madre Tierra y a la Naturaleza. Los mismos medios que presentaban a las madres como tóxicas, como narcisistas, como enfermas que abusaban de sus hijos física y mentalmente, eran los que animaban a los jóvenes a abandonar el grupo familiar, sin ni siquiera conocer el grupo familiar de cada uno de ellos.

El motivo no era otro que el deseo de deconstrucción de la familia para, en tiempos de animales, incentivarlos a encontrar “su manada”. “Rudel” en alemán.

Esos mismos medios son los que ahora se dedican a escribir largos y lacrimógenos artículos sobre la soledad de los jóvenes.

La cuestión de la soledad de los jóvenes, igual que la cuestión de la soledad de las vacas, no es su soledad.

La soledad es un estado que, inteligentemente usado, es fuente de paz, de tranquilidónad y, sobre todo, de reflexión.

La cuestión de los jóvenes, igual que la cuestión de las vacas, es su abandono.

Felices las vacas que en la India pasean a su antojo.

Felices los jóvenes que tienen padres y madres velando por ellos, allá donde se encuentren.

Lo escribí una vez en uno de mis artículos. Lo repito ahora: 

Busquen a Moriarty 

 Isabel Viñado Gascón

Si alguno de ustedes, mis queridos logaritmos, espera de mí que yo vaya a perder un solo segundo de mi existencia en considerar el tema de la guerra en el Oriente Próximo, puede esperar sentado.

¿Creen ustedes que es posible tratar la cuestión de la guerra con sentido común cuando temas mucho más sencillos son tratados de forma tan liosa?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que ha causado más conflictos que remedio. Como suele decirse en español: “es peor el remedio que la enfermedad”.

Durante ese tiempo el número de vegetarianos y veganos ha aumentado tanto que las industrias cárnicas tuvieron que inventar aprisa y corriendo nuevos productos que no contuvieran carne, con independencia de si los ingredientes con los que, en su lugar, estaban elaborados, fueran más o menos químicos, o perjudiciales para el medio ambiente, o su procesamiento conllevara más o menos necesidad de agua.

Las razones eran hasta cierto punto comprensibles. La cuestión era doble.

 

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