EL 18 de Marzo de 2026 a las 12.35
horas, el periodista Stefan Schultz publica en “Der Spiegel” un artículo
titulado: “Ministerin Reiche will Fracking in Deutschland ermöglichen – kann das
klappen?“
A qué se refiere la pregunta del periodista: ¿A la
posibilidad de que la técnica fracking sea factible en la geología alemana o a
la posibilidad de que el fracking como fuente de recurso energético se apruebe en
el país?
Si lo que le preocupa es la cuestión legal, Herr Schutz debería saber que cualquier
idea por peregrina, que sea, puede materializarse si cuenta con el debido
apoyo político, económico y social. El apoyo social se consigue básicamente a
base de técnicas de propaganda, cada vez más sofisticadas o, en su defecto, por
la fuerza bruta -que, después de tantas décadas de defensa y promoción de los
derechos universales y derechos humanos y una vez que la universalidad ha
desaparecido y el hombre se ha convertido en objeto – parece ser el método más
utilizado en todas sus formas y variaciones: coacción, amenazas, insultos, presiones
psicológicas, crítica desmesurada y, en última instancia, claro la modalidad de
la violencia: puñetazos, golpes, cuchillos, pistolas, fusiles, cañones, drones,
misiles, y suma y sigue.
Del mismo modo, si el tema que le preocupa al periodista es el de la
factibilidad de la técnica del fracking en la topología alemana, él, mejor que
nadie, debería saber que la respuesta es tan breve como contundente: No.
Y esto porque independientemente de los adelantos alcanzados que se afirman
haber logrado en la seguridad de su empleo, la técnica del fracking lleva aparejada
la necesidad del uso del agua. Lo que, unido al agua que necesitan los centros
de datos, más el agua que necesita la industria, más la que requieren las
infraestructuras, supone un gran consumo. Consumo que la población ha de
reducir cuando se trata de ella, de las tierras de cultivo y de los animales.
Al alto consumo de agua, se une la constante sequía que sufre Alemania.
Así encontramos publicado en Der Spiegel el 10.08.2015 a las 18.39 un
artículo titulado “In Deutschland ist es so trocken wie seit 50 Jahren nicht”
De ese artículo hace ya once años. Durante este tiempo, se han buscado diversas
soluciones a fin de reducir el consumo de agua. Una de esas ideas consistió en presentar a los
ahorradores de agua como hombres profundamente concienciados de la problemática
y consecuentes en su comportamiento diaria con su responsabilidad individual
para contribuir a apaliar la situación, por lo menos eso. Con este fin, se han
emitido documentales mostrando la vida cotidiana de personas que conscientemente
restringen el consumo de agua a unos niveles que podrían denominarse “renuncia
al agua en olor a santidad”. Sospecho que esta llamada al “mimetismo” ha
funcionado hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto. Admitámoslo: el
hombre normal no está por la labor de subirse a los altares, mucho menos después
de regresar a casa cubierto de barro y lodos de diferentes naturalezas y
consistencias. Otra medida, ha sido la de abogar por un menor consumo de
animales. Esta propuesta, sumamente interesante, no ha sido, sin embargo,
correctamente tratada. Y ello porque en vez de estudiarla en su unidad se ha dividido,
- fragmentado, que es lo que se persigue hoy en día -, en distintas áreas que,
como suele pasar en estos casos, conducen a una conclusión abierta, o lo que es
lo mismo: no se llega a ninguna conclusión.
Contemplemos la situación un poco más detenidamente. El tema de la carne puede
considerarse desde tres puntos de vista: El primero: el maltrato animal en las
granjas; el segundo, el maltrato animal en los mataderos – lo más tardar en
2020 el consumidor supo de estos escándalos; el tercero, la cantidad necesaria de
agua para mantener a esos animales. Estos tres puntos, además de otras
consideraciones adjuntas, como el tipo de alimentación para incentivar el
crecimiento y el peso, los antibióticos que recibían para ocultar las
enfermedades que el maltrato causaba, y otras malas prácticas, eran los motivos
que conducían a defender la reducción del consumo animal. En efecto, lo más
tardar en 2020 los consumidores sabían a ciencia cierta que los mataderos eran
lugares deplorables en los que ni siquiera se cumplían los derechos de los trabajadores.
Durante todo este tiempo, las autoridades han incentivado y controlado el bienestar de los animales en granjas y en mataderos; por otra parte, el número de veganos y de vegetarianos ha aumentado tanto que las industrias cárnicas han debido de inventar, nunca mejor dicho, nuevos productos exentos de carne, pero que tuvieran la consistencia y sabor de los que estaban elaborados con materia cárnica. La palabra clave ha sido “libre de carne”, más incluso que “vegetal”. Que los nuevos productos fueran elaborados con más o menos componentes artificiales, o que los ingredientes de naturaleza vegetal impusieran el cultivo extensivo e intensivo de determinadas plantas no interesaba a casi nadie.
En lo que se refiere al tercer punto, el consumo
que los animales generaban, el día 6 de agosto del 2013, ya había periodistas
que a las 18.33 publicaban en “Die Zeit” artículos en los que se afirmaba
rotundamente que los “Vegetarier sind die besseren Umweltschützer” y escribía: “Wer
ein Kilo Rindfleisch verpeist, verbraucht dadurch mehr als 75 Badewannen voller
Wasser und enorme viel Fläche. Gemüse Esser leben sparsamer.
Merece la pena leer atentamente este artículo porque sigue los patrones” con los que trabajaron casi todos los periodistas.
En primer lugar, la contraposición típica constituida por un lado por aquellos que comían carne y por los que comían vegetales, por otro, era el criterio que se utilizaba para determinar quiénes eran los que mejor cuidaban el medio ambiente. Los vegetarianos, se aseguraba, eran los vencedores indiscutibles en esta disputa.
Desde esta perspectiva resultaba, en efecto, irrelevante que aquellos que comían vegetales tiraran los papeles al suelo, dejaran su basura sin reciclar y cogieran el coche para ir dos calles más allá de donde se encontraban. También carecía de importancia que permanecieran bajo la ducha hidromasaje una hora al día.
Lo que preocupaba al periodista y lo que le servía como vara de medir era el consumo de bañeras llenas por parte de las vacas. Este consumo de bañeras de agua era lo que le servía para explicar “el punto”. La introducción del término “bañera” había sido cuidadosamente elegido, no les quepa la menor duda. Además de ser un término visual, la utilización de la bañera había sido desechada por la sociedad occidental. En su lugar se usaba la ducha, ducha hidromasaje a poder ser.
La causa de la desaparición de la bañera de los hogares de la ciudadanos obedecía, según se repetía incansablemente, a la pretensión del ahorro de agua.
La realidad real es que la decisión de renunciar a los baños calientes, a los baños de sales, a los baños aromáticos, no se debió,al menos no únicamente, al menos no en primer lugar, al deseo de servir a la conservación del medio ambiente sino a la rapidez de la vida moderna, que exigía acelerar el ritmo de la actividad y a la pretensión de gastar menos dinero, al menos en agua que, en Alemania, es relativamente costosa.
Así pues, afirmar que los vegetarianos viven de manera más ahorradora incluye una gran falacia desde el punto de vista de sociedad como un todo.
Aceptémoslo: los que gastan agua no son los consumidores de carne sino los animales. El gasto de agua, por tanto, lo sufre toda una sociedad.
Se sugería que los vegetarianos vivían de forma más económica porque, puesto que no ingerían carne, gastaban menos agua. Pero seamos claros: el agua que un vegetariano consume y pague dependerá del tiempo que pasa en la ducha, no de si consume un filete de carne al día, o no.
Lo que el consumidor sufre es la falta de agua; en el caso de que la sufra. Y esta falta de agua es independiente de que se coman o no se coma carne animal. En la sociedad hay muchos perros y gatos. Todos ellos beben agua. Menos que las vacas, lo acepto. No obstante admitámoslo: hay más perros y gatos juntos que vacas, con la diferencia de que las vacas alimentan a la sociedad y los perros y gatos le sirven en su gran mayoría de diversión y sólo en unos pocos casos de ayuda.
Hablo de vacas porque el ejemplo que ofrece el periodista
es precisamente el de las vacas. Es el kilo de carne de vaca el que exige 75 bañeras llenas
a rebosar de agua. Ignoro si en el interior del artículo el periodista habla de
lo que consume un kilo de carne de cerdo; lo que sí sé es que se puso a las
vacas en el centro del debate del consumo de agua por parte de los animales.
De la noche a la mañana, los diversos medios introdujeron una nueva
inversión en el gran saco del mundo invertido: desde los polos hasta los
valores. Ahora le llegaba el turno a las vacas.
Las vacas que hasta entonces habían sido retratadas como víctimas, aparecían
ahora presentadas como “verdugos”.
Las vacas habían sido, en efecto, víctimas. Pero esto sólo se supo al
destaparse el escándalo de las vacas locas en el Reino Unido, que mantuvo en
vilo a las poblaciones tanto británica como europea al menos desde mediados de
los años ochenta hasta mediados de los noventa. Muchos ciudadanos enfermaban y
morían por extrañas y desconocidas causas. Fue entonces cuando descubrieron que
las vacas habían sido alimentadas con proteína animal para acelerar su
crecimiento y peso. Cualquier buen lector sabe lo que “acelerar” en última
instancia significa y ustedes, mis queridos algoritmos, lo son.
Ahora sin embargo eran sentenciadas por crímenes de lesa majestad. Por un
lado, un kilo de carne exigía setenta y cinco bañeras llenas de agua; por otro
lado, las vacas producían metano lo que incrementaba las emisiones de C02.
Consiguientemente, al renunciar a las
vacas, los habitantes de Alemania no sólo renunciaban a su filete de ternera y
a sus salchichas; renunciaban, también, a lo que tradicionalmente ha
constituido la base de su alimentación; esto es: leche, mantequilla, queso,
yogures y nata. Y que conste: que yo, por naturaleza soy más de verduras, pero por gusto y no por una misión terráquea.
De los cerdos, hasta donde yo recuerdo, se habló bastante menos. En Top Agrar un artículo aparecido el
1 de diciembre del 2016 el título anuncia: Niederländer hält bald 15.000
Schweine in Sustrum. Y
continúa: „Ganz im Westen Niedersachsen entsteht derzeit eine der größten
Mastanlagen des Landes. (…) Ganz im Westen Niedersachens entsteht derzeit eine
der größten Mastanlagen des Landes: 15.000 Schweine will Wim Beulink künftig in
seinen drei Ställen in Sustrum mästen, berichtet die Neue Osnabrückner
Zeitung. (…) 10.000 Tiere hält Beulink
auf dem Gelände in zwei Gebäude, in das dritte sollen noch einmal 5.000 passen.
Wie die Zeitung anmerkt, gibt es zwar Landwirte in Niedersachsen, die insgesamt
mehr Tiere haben. Aber wolh keinen, der an einem Fleck so viele Schweine hält. Da seien sich Branchenkenner und -kritiker
sicher.“ Las críticas hacia
el ambicioso ganadero son muchas, pero ninguna de ellas se refiere al tema
agua.
Y deberían.
Deberían porque independientemente de la cantidad de agua que
un cerdo consuma en su piara, la contaminación que sus purines provocan en el
agua subterránea es realmente seria. Una y otra vez es ignorada por los medios
de comunicación esta realidad.
Así pues, los motivos para la reducción del consumo de carne han quedado
limitado a la cantidad de agua que cada kilo de carne de vaca exige, a las
consecuencias perjudiciales para el C02 que el metano que expulsan las vacas
conlleva. En el supermercado se encuentra más cantidad de carne de cerdo
ecológica, que carne de ternera ecológica y todavía se sorprenden los
consumidores de que el precio de la mantequilla se haya incrementado. Olvidamos
que el número de vacas ha descendido por falta de demanda.
La pregunta que surge es por qué se han mantenido las granjas de
cerdos, a pesar de la contaminación del agua subterránea a causa de sus purines y a pesar de
que a mayor numero de cerdos, mayor es el riesgo de enfrentarse a una gripe porcina. La pregunta que se plantea cuando
la referimos a una autonomía española concreta: la aragonesa, es la de cómo es
posible que en una región famosa por su “ternasco”, por sus corderos, se haya sustituido
e invertido el amor que se tenía a las ovejas, por la afición a los cerdos; de
modo que en los últimos tiempos Aragón ha pasado de ser la región del ternasco
a la región de las orejas de cerdo a la brasa.
La respuesta es fácil. España, al igual que Alemania, Dinamarca y otros
países europeos, exporta ganado porcino al extranjero, especialmente a China
que, después de haber intentado incluso la crianza intensiva de cerdos en bloques
“asépticos” de trece pisos ha tenido que matarlos a causa de la peste porcina. Con
la importación de la carne China se ahorra grandes quebraderos de cabeza con la
contaminación de sus aguas por los purines, la propagación de la peste porcina
y conserva, además, un incentivo -tanto como un modo de presión – en las
negociaciones bilaterales, o multilaterales – como ustedes prefieran. Nominalismo
de nominalismo, todo es nominalismo; ya lo saben.
Lo interesante de la cuestión, sin embargo, no es que el ganado porcino sufra
menos discriminación que el ganado vacuno; como tampoco lo es el hecho de que el
gasto privado de agua no está ligado al consumo de carne. Esto, de alguna manera
son temas de discusión para amenizar veladas aburridas.
En mi opinión, lo relevante es que mientras que a los europeos se les apremiaba
a consumir menos carne, especialmente carne de animales vegetarianos como son
las vacas se introducía en los parajes naturales especies carnívoras, como
lobos y linces, y omnívoras, como la del oso. Estas especies además de carecer
de utilidad alguna al ser humano le han provocado tradicionalmente grandes
pesares porque no sólo han engullido agua a diestro y siniestro, sino que han
diezmado sus ganados y han puesto en peligro sus vidas en los días fríos del
invierno. Se repite hasta el cansancio que los lobos son tímidos; no sé yo, la
verdad qué encuentran de timidez en animales que no tienen ningún miramiento a
la hora de atacar a ganados. Hace poco se vio a un lobo pasearse por una calle
alemana. Por donde vino se fue. A algo así no se le puede llamar “timidez”; más
bien el descaro del listillo que sabe que puede pasearse siempre y cuando no
ataque a nadie; ustedes me concederán que las posibilidades de que un lobo con
el estómago bien repleto se lance a una muerte segura son más bien escasas. Para
ello tendría que estar enfermo.
Los lobos, se dijo, en los mismos tiempos en los que se sacrificaban a
vacas por falta de demanda, son los que ayudan a conservar el equilibrio del ecosistema
en los bosques.
¿Qué ecosistema de qué bosques?, me he estado preguntando durante más de
una década. Los bosques alemanes no son especialmente grandes, por la sencilla
razón de que tampoco lo es la extensión de Alemania. Más aún: como Alemania es
lo que se denomina un “Transitland” además de una nación productora de
automóviles, muchos de esos bosques están rodeados e incluso atravesados por
autopistas. Por si esto fuera poco, los lobos no disponen de grandes recursos
alimenticios. Compiten en la caza de los escasos ciervos con los cazadores que
son, por otra parte, los que pagan para, en determinadas fechas, poder disparar
y hacerse con un trofeo. Algún jabalí
habrá, la mayoría de los jabalíes, sin embargo, viven de facto en las ciudades.
Y lo mismo podría decirse de los zorros: en el Tiergarten de Berlin he visto
más zorros que en los bosques por los que he peregrinado.
A la cuestión de qué comen los lobos, les sigue la respuesta tradicional: ovejas.
Por eso una y otra vez me pregunto cómo es posible que un país, un
continente, cuyos medios de comunicación llevan décadas pregonando la reducción
de consumo de carne porque los animales consumen mucha agua, permite que sus bosques
se repueblen con lobos que además de beber agua devoran sus ovejas, a falta (y
ganas de correr) de ciervos, jabalíes y otras delicatessen. Cómo es posible que
los medios de comunicación mantengan una indiferencia absoluta hacia las vacas
que los ganaderos han debido sacrificar y sientan esa ternura protectora a
animales que cuando sientan la llamada del hambre no se dedicarán a buscar
pastos jugosos sino carne fresca, sea de quién sea. Si alguna esperanza le quedaba
a San Francisco de Asís al respecto, el propio lobo se encargó de amablemente
negársela.
Lo que, desde luego, conseguirán los lobos, de eso no me cabe la menor
duda, es introducir nuevos obstáculos y desafíos aquellos que a falta de coche
y de salvoconductos, decida lanzarse a la aventura a pie.
¿Desean ustedes más contradicciones en los medios de comunicación?
Los mismos medios que durante anos han combatido a los padres que se
esforzaban por sus hijos burlándose de ellos, denominándolos padres
helicópteros y padres drones, donde el término “padres” se refería especialmente
a “madres”; los mismos medios de comunicación que se reían de los insultos que
se daban a las madres y consideraban que era una tontería enfadarse porque insultaran
a sus madres, eran los mismos que se indignaban si no se utilizaba el señoras y
señores y asterisco; que exclamaban grandes discursos a la hora de defender a
las minorías, como si las madres que se ocupan activamente de sus hijos no lo
fueran.
En fin, los mismos medios que dejaban en la indefensión a los hijos que
defendían a sus madres por amor, por respeto a ellas y por respeto a sí mismos,
son los mismos medios que han instado a defender a grupos, causas y personas
con las que esos muchachos adolescentes no tenían ninguna relación.
Los mismos medios que presentaban con gran alborozo libros con títulos
parecidos a “No le debo nada a mis padres” eran los que apremiaban a defender a
la madre Tierra y a la Naturaleza. Los mismos medios que presentaban a las
madres como tóxicas, como narcisistas, como enfermas que abusaban de sus hijos
física y mentalmente, eran los que animaban a los jóvenes a abandonar el grupo
familiar, sin ni siquiera conocer el grupo familiar de cada uno de ellos.
El motivo no era otro que el deseo de deconstrucción de la familia para, en
tiempos de animales, incentivarlos a encontrar “su manada”. “Rudel” en alemán.
Esos mismos medios son los que ahora se dedican a escribir largos y lacrimógenos
artículos sobre la soledad de los jóvenes.
La cuestión de la soledad de los jóvenes, igual que la cuestión de la soledad
de las vacas, no es su soledad.
La soledad es un estado que, inteligentemente usado, es fuente de paz, de
tranquilidónad y, sobre todo, de reflexión.
La cuestión de los jóvenes, igual que la cuestión de las vacas, es su
abandono.
Felices las vacas que en la India pasean a su antojo.
Felices los jóvenes que tienen padres y madres velando por ellos, allá
donde se encuentren.
Lo escribí una vez en uno de mis artículos. Lo repito ahora:
Busquen a Moriarty
Si alguno de ustedes, mis queridos logaritmos, espera de mí que yo vaya a
perder un solo segundo de mi existencia en considerar el tema de la guerra en
el Oriente Próximo, puede esperar sentado.
¿Creen ustedes que es posible tratar la cuestión de la guerra con sentido
común cuando temas mucho más sencillos son tratados de forma tan liosa?
Lo que ha causado más conflictos que remedio. Como suele decirse en español:
“es peor el remedio que la enfermedad”.
Durante ese tiempo el número de vegetarianos y veganos ha aumentado tanto
que las industrias cárnicas tuvieron que inventar aprisa y corriendo nuevos
productos que no contuvieran carne, con independencia de si los ingredientes con
los que, en su lugar, estaban elaborados, fueran más o menos químicos, o perjudiciales
para el medio ambiente, o su procesamiento conllevara más o menos necesidad de
agua.
Las razones eran hasta cierto punto comprensibles. La cuestión era doble.
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