Alemania está preocupada por el aumento del número de adeptos a la extrema
derecha y a la extrema izquierda. Razón no le falta. El tema de la extrema
derecha le mantiene especialmente en vilo tanto por el recuerdo del periodo más
negro de su historia, como porque pese a la “mala prensa” que tiene en la vida
social, su victoria en las urnas electorales crece en cada comicio celebrado.
La extrema izquierda, por el contrario, goza en la sociedad de una simpatía que
en absoluto se refleja en los plebiscitos.
El argumento con el que se ha explicado en los últimos tiempos el triunfo
de la extrema derecha ha sido uno que permite, en efecto, aclarar muchas alteraciones
que constantemente se producen en la vida social trastocándola, transformándola
e incluso deformándola: el argumento de la inversión.
El partido de la extrema derecha, se dice, se ha convertido en el nuevo
partido para la clase trabajadora.
Compréndanme: Esta afirmación podría tener sentido si no incluyera tantas
contradicciones en su interior. Por ejemplo: si es cierto que el partido de la
extrema derecha es el nuevo partido para la clase trabajadora, ¿hemos de
aceptar que el partido de la extrema izquierda es el partido para la clase
burguesa?
Otros análisis aseguran que el partido de la extrema derecha está
conformado por jóvenes sin perspectivas y de familias desestructuradas. Admitir
estos análisis supondría asumir que el partido de la extrema izquierda está
constituido por jóvenes con grandes perspectivas y pertenecientes a familias
estructuradas; o sea: tradicionales.
Con todos mis respetos a dichos estudios, a los que una gran parte de la
sociedad alemana concede un alto grado de veracidad, debo decir que, en mi
humilde, pero extraordinariamente firme, opinión son altamente insuficientes,
cuando no falsos.
Hecho:
Alemania lleva desde hace décadas regido por coaliciones políticas.
Mi hipótesis:
Esto, que en un principio fue valorado como la mayor expresión de la
madurez democrática, en tanto que demostraba que la tolerancia y el diálogo son
posibles en sociedad, en política e incluso a la hora de gobernar, se ha
convertido, con el tiempo, en la gran trampa para la democracia.
“Castilla ha hecho España y Castilla la ha deshecho”, escribió Ortega y
Gasset.
Algo así podría afirmarse en este caso: La coalición ha hecho la democracia
alemana; la coalición la ha deshecho.
Explicación a mi hipótesis.
Las coaliciones que han gobernado Alemania han sido variadas: conservadores-socialistas;
socialistas-verdes-liberales; en estos instantes conservadores y socialistas
nuevamente.
El común
denominador en todas estas coaliciones ha sido siempre uno:
Los partidos que establecen dichas coaliciones son los partidos de
ideología “moderada” o “centro”. O lo que es lo mismo: Alemania lleva gobernada
desde hace décadas por los partidos “políticamente correctos”; esto es: por las
organizaciones políticas aceptadas por todos aquellos ciudadanos que desean la
paz en la vida social y política porque paz no es sinónimo de orden, (que es lo
que en estos momentos se repite una y otra vez), sino de seguridad. La
seguridad que permite a los ciudadanos dedicarse a resolver las cuestiones de
la vida cotidiana. Lograr la paz que asegura su existencia y les permite dedicarse
a sus cuestiones privadas es la razón por la que los ciudadanos consienten ceder
sus libertades. No lo digo yo. Lo escribe Hobbes en su famoso “Leviatan”.
Es cierto: dichos partidos gobiernan con el método de la negociación, del
diálogo, de la tolerancia que, en más de una ocasión, se convierten en pulsos
de poder, y en compromisos que, lejos de la vieja acepción del “me comprometo”,
significa “malabarismos”.
La coalición suponía la fórmula ideal para establecer un gobierno
democrático que representa a una sociedad capaz de dialogar. Desde un punto de
vista psicológico era la expresión auténtica y absoluta de que la reunificación
alemana había tenido éxito, pese a tantas heridas abiertas.
Y no obstante: la frase de Ortega Gasset resuena en nuestras mentes:
“Castilla ha hecho España y Castilla la ha deshecho.”
“La coalición ha hecho la democracia alemana y la coalición la ha
deshecho.”
La alegría por la “armonía”, por la consecución del diálogo, por el triunfo
de la tolerancia en una Alemania tantos años dividida e incomunicada, unido a
un bienestar económico como hacía tiempo que no se conocía, determinó que se obviara
y se desatendiera al problema que tal consecución generaba; los partidos que
gobernaban eran los moderados y que, por tanto, quedaban fuera del gobierno,
los partidos no moderados.
Si la ceguera respecto a las perniciosas consecuencias que dicha coalición
generaba resultaba comprensible en el interior del país germano, en el exterior
no lo era menos. En un mundo en el que el bipartidismo creaba tantos conflictos
sociales, - sólo hay que pensar en los Estados Unidos e incluso en España- el establecimiento de una coalición entre
ambos partidos mayoritarios, que lograba impulsar el crecimiento económico hasta
convertir al país en la “locomotora europea”, representaba una lección de
democracia y de madurez política.
Es pues, comprensible que todos los países, y no únicamente el país
germano, estuvieran tan convencidos de que Castilla ha hecho España, que
consideraran trasnochada y obsoleta la posibilidad de que fuera igualmente Castilla
la que la deshiciera.
La coalición como forma de gobierno alcanzó su cénit cuando el gobierno se
formó con un partido mayoritario, el de los socialistas, y los dos partidos
minoritarios que restaban por entrar a regir: verdes y liberales. Las tres
agrupaciones políticas limaron diferencias e intentaron jugar a los
compromisos, - esto es: a los malabarismos- igual que conservadores y
socialistas habían jugado antes que ellos.
Se lo dije a Jorge hace muchos años. Se lo sigo diciendo todavía: los
compromisos, cuando la acepción “compromiso” abandona su tradicional
significado de “obligarse”, “responsabilizarse”, “vinculase” para, en su lugar,
convertirse en el término que define aquella “facultad para hacer malabarismos”.
Los alemanes han jugado durante décadas a los malabarismos; en realidad, el
mundo entero se ha dedicado a lo largo de su interminable Historia a dos juegos
principales. Uno es el juego de los malabarismos; el otro es el juego de “a río
revuelto, ganancias de pescadores”. El primero acaba con todas las bolas
rodando por el suelo y transformándose en el juego de la petanca, del futbol,
del baloncesto… El segundo acaba en el momento en el que el río se queda vacío
de peces. Es entonces cuando se forma “la de Troya”.
Lo que quiero decir es que mientras la suma de paz y de seguridad aseguran
la libertad y la libertad representa crecimiento económico y bienestar social,
poco importa quién rija. Es algo que dictaduras terribles como China saben de
sobra. Aquella narrativa de las empresas que justificaban su aterrizaje en
China asegurando que la riqueza desestabilizaría la dictadura política o fue
una ingenuidad o una perversidad. El régimen ruso cayó por muchos factores; pero
desde luego la escasez que regía en el interior no fue uno de ellos. Más bien
lo contrario.
Justificar lo injustificable sólo es posible cuando la ceguera rige en un
pueblo, en un mundo. La ceguera que gobernaba era la de la avaricia.
Se ignoraba a Ortega y Gasset, como se ignoraba la máxima ancestral española
“la avaricia rompe el saco”. Y todo porque parecía que el bienestar había sido
convertido en una ley natural. Algunos economistas como Weber, y no sólo Weber,
explican por qué unos países son más ricos que otros. Mejor sería leer a
aquellos que afirman que la economía es una actividad humana, a fin de
comprender que ninguna actividad humana está reglada matemáticamente. En vez de
eso, se pretende convertir al humano en una máquina. Interesante solución.
Lo que se sobreseyó es que en cualquier sociedad, en cualquier familia, en
cualquier grupo humano, siempre existen ciudadanos descontentos crónicos. Hace
muchos anos escribí algo al respecto. Esos descontentos crónicos sirven al grupo
para mantenerse activos y ojo avizor a fin de que la satisfacción por el
trabajo bien hecho no se convierta en hybris. Cuando la figura del “descontento
crónico” se convierte en una forma de alzarse con el poder, resulta sumamente
peligroso.
El papel de los partidos de centro en la oposición consiste en ser la voz
de los descontentos crónicos que sirven a la sociedad para atender a los
problemas reales, al tiempo que sirve de dique de contención a todos aquellos
que usan y abusan del descontento, que incentivan el descontento, que se ponen
las máscaras de “descontentos crónicos” - que, como digo, cumplen un papel sumamente
importante en cualquier grupo, - incluso, permítanme el humor, en el de los Pitufos - , para usar y abusar de
la protesta como instrumento para alzarse con el Poder.
Pero díganme: cuando todos los partidos moderados, de centro, dialogantes y
tolerantes, forman y conforman el gobierno ¿quién atiende a los “descontentos
crónicos”, a los que toda sociedad que se precie ha de atender a fin de
mantenerse activa y en “posición de firmes”?
Esos “descontentos crónicos” a los que una vez llamé “leucocitos” y que
sirven para frenar “infecciones”, son desoídos, despreciados, ridiculizados.
Sus voces quedan sepultadas por las voces de aquellos ciudadanos razonables
integrantes de los partidos que forman y conforman las coaliciones. Aunque esos
“descontentos crónicos” configuren las filas de dichos partidos serán
considerados como “aguafiestas”.
Así pues el gobierno está constituido por un diálogo que es “racional” por
tolerante, pero del que quedan excluidos todos aquellos ciudadanos descontentos.
¿Quién, entonces, se sienta en la oposición?
Los partidos de la extrema derecha y los partidos de la extrema izquierda.
Únicamente ellos son los que están en la oposición.
Y lógicamente hay que derribar a esa oposición.
Pero el derribo de la oposición significa la instauración de una coalición
que gobierna sin obstáculo alguno.
Aquí es donde, parafraseando a Ortega y Gasset, Castilla empieza a deshacer
a España.
Los partidos de la extrema derecha y de la extrema izquierda empiezan a
tomar las riendas de la oposición, por la sencilla razón de que dichas
formaciones son la única oposición existente en el país.
Dicha oposición es el recurso que queda a aquellos ciudadanos descontentos
crónicos y a todos los ciudadanos normales a fin de expresar su malestar y su
inconformidad ante las medidas adoptadas por el gobierno, habida cuenta de que
los otros partidos mayoritarios están rigiendo en una bella armonía que justifica
tanto la coalición como las decisiones que se toman tras la superación de los conflictos
cotidianos que, cada vez, especialmente mientras la cuestión económica es favorable,
son menores.
“Castilla ha hecho España y Castilla la ha deshecho.”
Que sea la extrema derecha la que en estos momentos tiene tantos
simpatizantes se debe a varios factores. Uno es el cansancio que ha generado en
los ciudadanos de a pie la contradicción de la neo izquierda extrema entre lo
que exigen a los demás y lo que ellos mismos se permiten. La neo izquierda disfruta
de la buena vida afirmando que esa es la pretensión que persiguen para todos
los ciudadanos; lo cierto, sin embargo, es que hasta el día de hoy son ellos lo
que se lo pueden permitir. Una segunda razón se encuentra en el cansancio que
han generado las polémicas contra las madres. Allá por el 2010 y 2011, los
chistes vulgares acerca de las madres se convirtieron en la moda social. Si el
término “madre” hubiera sido sustituido por cualquier otro término referente a
la raza, a la religión, a la sexualidad, o al aspecto físico, se habría podido
llevar a esos chistosos ante un tribunal. De lo que se trataba, supongo, era “endurecer”
la sensibilidad de muchos jóvenes para los que un insulto a sus madres
representaba una declaración de guerra. No sé si se consiguió, pero lo que vino
después fue el ataque contra padres helicópteros, padres drones. Se decía
padres, pero en los artículos se describía a madres histéricas y neuróticas que
iban a protestar por cualquier nimiedad. Es interesante que esta historia de
los padres helicópteros se extendiera al mismo tiempo que el mobbing en los
colegios de los que, curiosidad de curiosidades, nadie se había percatado.
Excepto la víctima, claro. Pero ustedes ya saben: las víctimas están siempre
solas y por tanto la posibilidad de que sean tildadas de “victimistas”, “exageradas”
y similares es altamente probable. Una tercera razón fueron la cantidad de
emociones colectivas; fuera por temas referentes a la ecología, o por cuestiones
relativas a la política exterior, lo cierto es que las emociones agotan a
cualquiera. Especialmente cuanto al mismo tiempo todos esos “cualquiera” han de
“pensar en positivo”, “crear mundos con su mente”, “ser líder”, “vivir la vida
con pasión, donde “vivir” es sinónimo de “trabajar, desarrollo personal, convivencia
familiar, convivencia social”. Francamente: ¿ustedes pueden imaginarse cuánta
energía requiere tanta pasión? La cuarta razón fue, sin duda, la presión ejercida
a través del método de la cancelación que, en un primer momento se denominó
inclusión. Dicha presión, que el ciudadano normal intentaba esquivar sin ser notado,
expresaba el deseo de Poder, por un lado; y el miedo a la extrema derecha, por
otro. Lo único que no denotaba era el entusiasmo por atender a los requerimientos
de los ciudadanos normales que, por muy normales que fueran, no estaban
conformes con las decisiones tomadas por el gobierno de coalición. La quinta
razón es la más interesante: la extrema izquierda ha estado durante años
preocupándose de temas ecológicos, sociales, raciales, sexuales de un modo que ha
servido para el argumento de cientos de libros, series y películas
lacrimógenes. No obstante, esa izquierda anclada en un sistema materialista
tecnológico, ha ignorado la injusticia social que significa dejar sin derechos
a las mujeres que tras veinte años de matrimonio, si no antes, son
abandonadas por su marido que ha decidido seguir la pasión de una mujer más
joven. “Que lo hubiera pensado antes de dejar el trabajo y dedicarse a cuidar a
los hijos” – gritaban y gritan. Todas esas mujeres abandonadas forman un
colectivo desprotegido y socio-económicamente muy débil. En vez de ocuparse de ellas,
se les ha insultado, se las ha vituperado. Esas mujeres que un día decidieron
dedicarse a sus hijos y al cuidado de su familia han sido tildadas de vagas, de
muebles, de jarrones; como si se tratara de un grupo de señoronas salidas del
siglo XIX. Con ello han sobreseído e ignorado que las mujeres realmente
adineradas, las mujeres realmente adineradas, no sólo pueden permitirse seguir
trabajando, sino que, en el caso de divorcio, su nivel económico se mantiene imperturbable.
Han sobreseído a muchas mujeres trabajadoras a las que las cuentas le salían más
claras si ella dejaba de trabajar. Ahorraba en conflictos en el matrimonio y en
la familia porque ella guardaba las energías que la concordia exige; ahorraba
en comidas, en medios de transporte, en ropa para acudir al trabajo. Esa
extrema izquierda ha obviado que el feminismo consiste no en que las mujeres se
incorporen al trabajo, - porque como ya he escrito cientos de veces, las
mujeres han estado incorporadas al trabajo desde que el mundo es mundo- sino en
la posibilidad de elegir libremente su trabajo. Mal está que las amas de casa
no cobren un salario, pero puesto que con su trabajo gratis generan tanto
capital y tanto bienestar, bueno sería que estuvieran protegidas en caso de
divorcio. No es sólo que no cobren por su trabajo; es que cuando al marido se
le antoja, es despedida ipso facto y sin apenas compensación económica. Y por
favor: no me vengan con eso de que “se busque trabajo”; todos sabemos que a
partir de los cuarenta las posibilidades se reducen incluso para aquellos que han
estado trabajando siempre. Imaginen ustedes las dificultades a las que se
enfrentan esas mujeres que dejaron su profesión hace veinte años. Pero la
extrema izquierda desatendió esta realidad social. Y desatendiendo la realidad
social del drama al que se enfrentan todas esas mujeres abandonadas y
divorciadas, ( al igual que sus hijos), la extrema izquierda no ha comprendido
que desatendía también los derechos de los trabajadores. El que una mujer pueda
despedida por su marido fulminantemente después de veinte anos de matrimonio
por la única razón de que ese marido quiere seguir su nueva pasión y la extrema
izquierda calla. Los empresarios y el sistema empresarial exige mayor flexibilidad
en los despidos con el fin último de lograr que cualquier empresario pueda
despedir de la noche a la mañana a cualquier trabajador que no le guste, y la
extrema izquierda calla. La actitud de
la extrema izquierda hacia la mujer ha sido extremadamente machista, pese a las
apariencias. Se han incentivado, es verdad, las penas contra violaciones y demás
delitos sexuales. Pero a estas medidas se ha unido la consideración de la
prostitución como un trabajo más y no como la consecuencia de la mercantilización
del cuerpo promovida por empresarios de todo tipo y condición ávidos de
ganancias. Se ha concedido a las prostitutas, es cierto, la posibilidad de tener
seguridad social y una pensión de jubilación; pero con ello se ha ignorado a
las ignominias a las que diariamente han de enfrentarse, consentidas por un
sistema que ignora la actuación de las mafias.
Estas básicamente, han sido las razones que han precipitado el descenso de
la extrema izquierda y de la izquierda en general. Cuanta más presión ejercen y
más gritan, menos convencen a los ciudadanos normales.
En cuanto a la extrema derecha, que partía en inferioridad de condiciones,
han decidido proteger a las mujeres trabajadoras, porque así protegen a las
empresas; han decidido apoyar la flexibilidad en el trabajo, (y esto nuevamente
protege a las empresas), pero incentiva la expulsión de los inmigrantes (lo que
proporciona a los trabajadores del país una mayor confianza respecto a la estabilidad
de su puesto de trabajo). Además promueve la cohesión de las pequeñas localidades
a partir de actividades para los más pequeños, con los cuales las familias encuentran
el modo de divertir y entretener a sus infantes sin tener que destrozarse la
cabeza pensando qué hacer con ellos durante el fin de semana. No sólo eso: sus
críticas se han dirigido en todas las direcciones posibles: se ha criticado el
machismo, el feminismo, las faldas largas, las faldas cortas; la extrema
derecha es, creo que ya lo he escrito alguna vez, es la expresión de un aumento
desmesurado de leucocitos en la sociedad. Una vez más se hace necesario recordar
que dicho aumento desmesurado significa una grave enfermedad para el cuerpo humano,
de difícil sanación.
El peligro de la extrema derecha ha sido azuzado por la estupidez de la neo
izquierda.
No sé cómo decirlo sin que muchos me malinterpreten: El versículo “Muchos
son los llamados y pocos los elegidos”, sigue siendo hoy, como ayer, una frase a
la que una y otra vez se hace preciso atender.
Muchos quieren llegar a ser la Iglesia Católica Universal, configurada
-gracias a los llamados Padres de la Iglesia – como una réplica de las
estructuras legales del Imperio Romano. No obstante, dichas estructuras, fuerza
es reconocerlo y aceptarlo, se han mantenido en pie pese a sus grandes y
múltiples desvaríos y escándalos.
Muchos gobiernos, muchas formaciones políticas, muchas ideologías critican
y combaten a la Iglesia Católica al tiempo que copian sus estructuras, sus
esquemas y sus métodos. Ya saben: “Ama a tu enemigo”.
La mayoría de ellos han llegado a la conclusión de que se trata de integrar
a todos los fieles y combatir al hereje.
Otros consideran que de lo que se trata es de incluir y digerir a la herejía.
Algo que se hizo cuando la Iglesia arrasaba a los cátaros, al tiempo que
introducía las órdenes mendicantes – como compensación.
Otros creen que hay que establecer una Contrarreforma de la Reforma y una
de dos: o terminamos en ese “Yo soy Tú”, porque ambos se miran frente a frente,
como si de un espejo se tratara, o se acaba en una guerra al estilo de la “guerra
de los treinta años” que fue una especie de grito al estilo de “muera yo y los
filisteos”.
Si todos ustedes me permiten un consejo: olviden estas estrategias de Poder
y concéntrense en el tipo de sociedad al que nos estamos acercando peligrosa y
rápidamente.
Ser hombre no es ser robot, del mismo modo que ser robot no es lo mismo que
ser hombre.
Vivir muchos años no es lo mismo que ser inmortal.
Vivir muchos años no significa vivir sano muchos años.
Un clon es una persona diferente de nosotros.
Si la función de un clon es proporcionar órganos a la persona original a
fin de que ésta pueda vivir mucho más tiempo, habremos de considerar ello como
una aberración.
Un atleta que se dopa es descalificado, puesto que se ha potenciado su
capacidad de forma artificial.
Habremos de considerar, pues, que si un ciber atleta compitiera en una
carrera, éste habría de ser descalificado. Si todos los participantes de una
carrera son ciber atletas, mitad hombre mitad máquina, habremos de concluir que
de lo que se trata es de una competición tecnológica, al modo y manera en lo
que lo son las carreras de Fórmula 1; por tanto, nada que ver con la humanidad,
sino con la máquina.
La tecnología, sus posibilidades tanto como sus peligros, no pertenecen a
una determinada ideología política. Hacer de ello algo de “derechas” o de “izquierdas”,
carece – en principio – de relevancia.
Lo que sí es realmente esencialmente importante es cómo esa tecnología se
aplica en la sociedad.
Lo que debería en estos momentos asustar a todos los ciudadanos, y a cada
una de las organizaciones políticas a las que pertenecen, es el hecho de que ese
terrible concepto “aceleracionismo” está tanto en la ideología de las derechas,
como en la ideología de las izquierdas. Y unido al concepto de “aceleracionismo”
va el de “Hiperstición”.
La izquierda tradicional, a la que la extrema neo izquierda tanto
desprecia, tendría posibilidades de detener la marcha de la locura si apareciera
acompañada de la Ilustración y de la re-consideración de la mujer como “persona”
y no simplemente como “fémina”. Tendría posibilidades de detener el caos si
recuperara la cordura y se centrara en mantener los derechos de los
trabajadores, amas de casa incluidas, y la importancia de la formación y
educación que se requieren a fin de mantener la democracia. La izquierda tradicional
podría ganar votos si volviera a defender una tolerancia dinámica e incluso
polémica, sin estar constantemente recurriendo a la crítica por la crítica y a
lo nuevo por lo nuevo, y a la originalidad por la originalidad. No lo digo yo.
Incluso Brecht se quejó en su día de que se buscara constantemente nuevas piedras,
con la cantidad de construcciones diferentes que las antiguas piedras
permitían. Y el considerado padre de la posmodernidad, Lyotard, terminó hartándose
de tanta crítica incesante, de tanto desestructuralismo y tanta descomposición
de lo descompuesto.
Lo dicho: la izquierda tradicional tendría grandes posibilidades de conquistar
la simpatía social, si dejara de ser neo y sectaria. Si se dejara de menos
ideologías y de menos política exterior y se centrara más en lo que tantas
décadas ha predicado: el aquí y ahora. No se puede desear la paz mundial,
mientras la violencia atemoriza al barrio; no se puede luchar por la justicia
mundial, mientras las injusticias crecen; no se puede pretender que el mundo
entero disponga de educación, al tiempo que en los colegios se reivindican
menos deberes, aprobado general, y competencias en productos financieros,
inversión bursátil y similares.
Olviden las fantasmagorías en las que los mercantilistas y ávidos de dinero
y poder intentan introducirles. Todos ellos pertenecen a la iglesia de los
fluidos. Ora son sólidos, ora gaseosos, ora líquidos. “De camisa vieja a
chaqueta nueva”, era el título de un libro escrito por Fernando Vizcaíno Casas,
que tanto hizo reír a la generación de españoles que asistieron a la transición
del régimen franquista a la democracia. Al día de hoy, y con tantos fluidos, esa
obra se ha quedado obsoleta por ingenua.
En fin… Tanto caos social, para seguir donde estábamos, sin llegar a ninguna parte.
Zenón, Zenón.
Isabel Viñado Gascón
Créanme: de haber sabido el esfuerzo que el ánalisis de nuestros días exige, nunca hubiera aceptado la propuesta de mi amiga.