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lunes, 4 de enero de 2016

Un sueño

Hoy he tenido un extraño sueño. Yo estaba vestida de negro en un bosque cubierto por las sombras de la noche. De repente el bosque se transformó en una habitación completamente oscura abierta al vacío infinito y oí una voz que me pidió que le leyera las cartas del Tarot.
 “¿Acaso me consideras una vulgar pitonisa?” Grité indignada a la penumbra.
 La voz insistió “Por favor”, suplicó. 
“¿Confías en la simple combinación aleatoria de unas cartas y no en tus propias fuerzas?” le increpé. “Dime al menos cuál es mi destino, cuál mi camino marcado”, suplicó. “
Sal de las tinieblas y múestrate a la luz”,  ordené. Y de la oscuridad salió un joven de nobles rasgos y complexión atlética revestido de un aura de luz y paz que iluminó la estancia dejando entrever aún más si cabe la vaciedad y negrura de ésta. Mi asombro no conocía límites.

“¡Sir Parsifal!”, exclamé, “¡Sir Parsifal! ¿Sóis realmente vos? ¿Qué terrible mundo es éste en el que los héroes vagan perdidos en la noche tenebrosa?”, clamé desesperada, “¿Cómo es posible que la miseria humana haya alcanzado incluso a los mejores?” Sollocé sin que la angustia permitiera salir ni a una sola lágrima de mis ojos.
Observé a Sir Parsifal. Permanecía ante mí: mudo e impasible. El dolor y las dudas a las que su alma había de haber frente resaltaban su natural belleza y la hacían parecer aún más excelente y digna, si cabe. Sir Parsifal había de hacer frente a sus dudas; yo, a mi indignación. “¡Sir Parsifal!, le increpé con fiereza, “estáis perdido como el niño que ha extraviado su camino en el bosque ¿y osáis venir a mí? ¿Cómo os atrevéis? ¿Cómo? ¿Cómo tenéis el valor de presentaros y hablar como habla el siervo? ¡Vos! ¡Precisamente vos: ¡Hombre Libre entre los Libres!, ¡Príncipe de la Paz!, ¡Señor de los Sueños Místicos y de los Elevados Ideales! Venís a mí y me habláis, pero vuestras palabras suenan como las del encadenado, como las del prisionero. Sólo el esclavo, Parsifal, conoce su destino. Sólo el esclavo sabe cuál es el camino por el que una y otra vez ha de caminar. ¡Hombres libres: buscáis el destino e ignoráis que sóis vosotros mismos quién lo construís! ¡Buscáis el sendero y no le dedicáis ni tiempo ni estudio ni soledad para encontrarlo! ¿Es que ya no tenéis fuerza para indagar en vosotros mismos cuáles son vuestros ideales individuales y propios a los que seguir? ¿Es que todo ha de hacerse según la colectividad, según la comunidad, según el marketing, según la política, según lo que los astros os dictan? ¡No! ¡No es posible! ¡No es posible! ¡Los ilustrados escondidos en su paz y su tranquilidad y los héroes de este mundo en busca de alguien o algo que les indique el designio que han de cumplir, el destino que han de consumar! ¡Parsifal! ¡Parsifal!”

De repente todo empieza a dar vueltas: la negritud, la habitación, la infinitud y advierto que no puedo tenerme en pie y que voy a caerme al suelo sin remedio. Una visión más extraña todavía: Durante un instante me veo fuera de mí misma con mi cabeza amparada por el regazo de Jesucristo. “¿Eres el Hijo del Padre o sólo un Profeta?”, le pregunto extenuada. “¿Importa eso mucho?”, responde sin hablar pero sonriendo. “Supongo que no”, pienso. Y me dejo caer en Él para notar que Él ya no está y que yo me encuentro nuevamente en la habitación oscura.

Abro los ojos. La luz tenue de una mañana de invierno se filtra por entre las cortinas. Me levanto. 

Hoy más que nunca necesito un buen café.



La bruja ciega.

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