Tracking-ID UA-44975965-7

martes, 5 de enero de 2016

Elucubraciones acerca de una posible próxima dictadura

Las voces de los libres advierten del peligro de la dictadura. Las voces advierten, los hechos lo corroboran. Las acciones de los hombres privados reflejan lo que las últimas decisiones de los estadistas: que la época del perdón sin más, la era del amigo de todos y con todos, el tiempo de las reuniones abiertas y de las relaciones abiertas está llegando a su fin. En efecto: incluso en las redes sociales, los navegadores organizan sus círculos cerrados sin acceso posible más que para los invitados. Sí. El peligro de una dictadura a nivel mundial aunque adopte diferente en las formas y maneras según el país y la sociedad en la que rija, parece acercarse sin remedio. Muchas son las voces que llaman a gritos a la oposición, a la lucha. Pocas son las que se deciden a hacer algo y cada vez serán menos las que les presten atención. Algunos culpan al Hedonismo. Otros señalan al Conformismo. Ignorancia, gimen unos cuantos.

No. Ni el hedonismo ni la ignorancia son los responsables de la pasividad. El hedonismo afecta a la vida ética y la ignorancia a la cuestión intelectual. 
En cuanto al conformismo, si lo referimos a las cuestiones sociales como una de las causas que favorecen la instauración de una dictadura, me gustaría que alguien explicara qué diferencia existe entre la actitud conformista y la actitud tolerante; porque lo cierto es que en el mismo instante en que se establecen límites a la postura tolerante uno se introduce sin remedio en la zona de las fronteras, de las regulaciones, del “no todo vale”, que en realidad viene a decir que "no vale lo que  haces" y del "hasta aquí hemos llegado", donde ese "hasta aquí hemos llegado" significa en realidad "hasta aquí has llegado tú" donde ese “no todo vale”, con un poder expansivo más rápido e intenso de lo que muchos están dispuestos a admitir. 
Si se defiende el "no conformismo" en lo referente a las cuestiones políticas, lo cierto es que dentro del territorio occidental, el tan alabado “no conformismo” no tarda en convertir a la mayoría de aquéllos que lo practican en “anti demócratas” por oponerse a leyes democráticamente promulgadas. (Por muy críticos que algunos pretendan ser con las políticas y gobiernos, lo cierto es que en los países occidentales rige al día de hoy la Democracia).  
Y en lo que a los Estados autoritarios se refiere,  el “no conformismo” resulta una postura un tanto pueril, por decirlo de alguna manera. O se deciden a  ejecutarlo auténticos rebeldes que luchan activamente situándose de esta forma al margen de la ley con todas las consecuencias que esto acarrea y entonces ya no son "no conformistas", o al menos no sólo eso, sino también, y principalmente, revolucionarios; o lo ejercen disidentes pasivos y silenciosos que aguardan la ocasión idónea para mostrar externamente su desacuerdo y entretanto procuran amoldarse al régimen de la mejor forma posible.
No. El “no conformismo” no siempre expresa lucha positiva; en realidad, las más de las veces significa la mera expresión de la opinión disidente con lo establecido que no pasa, como mucho, de un par de protestas callejeras a las que ellos, los no-conformistas, denominan manifestaciones y los gobernantes “desórdenes”. "Desórdenes" que en el momento en que son declarados legales y permitidos, convierten a  la manifestación de “no conformistas” en un happening artístico colectivo, o algo parecido.

¿Cinismo? Probablemente. Ha sido esta mañana cuando he empezado a escribir este artículo y es ahora, entrada ya la madrugada, cuando llego a su fin. Estoy cansada. Me he dedicado a ojear unos cuantos estudios de filosofía política actual. Leerlos constituye una terapia magnífica para recuperar el sentido de mi existencia y recordar por qué nunca llegué a terminar mi tesis doctoral a pesar de haber leído prácticamente todo lo que hasta entonces había sido publicado sobre mi tema: MacIntyre y el comunitarismo. Tesis imposible de terminar por dos motivos: En primer lugar porque ni siquiera en esos años de juventud en los que la insuficiencia de conocimientos teóricos y la inexperiencia hacen de nosotros seres más vulnerables, o al menos más permeables, a las ideas, sean éstas las que sean, de los respetados e ilustres pensadores, pude comulgar con las tesis comunitaristas, y en segundo, porque descubrí que a la hora de escribir una tesis doctoral hay que concentrarse más en la forma que en el contenido. La tesis doctoral tal y como aparece hoy en día establecida por los sistemas universitarios en el área de las Humanidades no es el resultado de un estudio y una reflexión individual sino una recopilación de citas que han de recoger fidedignamente cada frase que uno se decide a exponer o a contradecir. Por cada párrafo que uno escribe se hace necesario incluir cuatro anexos de nota a pie de página. No me extraña que en Alemania las personas inteligentes tengan tantos problemas con sus tesis. Muy probablemente a mí me hubiera sucedido lo mismo de haberme decidido a terminar la mía. Uno opta por saltarse las citas, los autores e ir directamente al grano: las emociones que ha sentido al leer a todos esos autores desconocidos hasta entonces, las contradicciones que ha encontrado en la exposición de sus teorías, la similitudes que ha descubierto con su propio modo de pensar, los cambios que él mismo ha experimentado a lo largo de su estudio, la nueva concepción que se ha a atrevido a desarrollar... Todo eso, digo, ocupa lamentablemente una mínima parte de la tesis y está condenada además a ser expuesta en el apéndice final. Pero cuando el aprendiz a "investigador riguroso" llega allí, está tan exhausto por haber enumerado fidedignamente las citas de cientos de libros y de artículos que han pasado por sus manos en varios idiomas, por haber observardo incansablemente las formas correctas de presentación y los espacios adecuados entre las palabras y las líneas escritas, los márgenes, las listas de libros consultados, los formalismos burocráticos, la soledad y la penuria económica, que ese apéndice más que una conclusión individual y diferente de todo lo hasta entonces aparecido es un resumen final a las ochocientas páginas que suelen constituir una Tesis doctoral; si pueden ser mil, mejor. Ese esfuerzo le ha costado al aprendiz de "investigador riguroso" una media de cinco años de su vida. La tesis doctoral ha puesto de manifiesto su paciencia, su tesón y su constancia pero no le ha convertido, fuerza es decirlo, en un pensador auténtico e individual. En este sentido, sigo desesperándome cuando advierto que llegados a los cincuenta, muchos de ellos siguen aferrándose en sus publicaciones a ese alud imparable de citas y notas a pie de página, repeticiones fieles de las palabras de los autores que han utilizado a la hora de escribir un trabajo que debería llamarse “suyo” pero que en realidad constituye un compendio de glosas, incluso cuando se trata de oponerse a las ideas del otro. Es un problema generalizado y hasta el día de hoy irremediable que nace tanto del deseo enfermizo de parecer objetivo como de la desconfianza de que los lectores hayan leído o vayan a leer los volúmenes que ellos han utilizado, entre otras cosas porque muchas veces utilizan como referencia artículos publicados en revistas sumamente especializadas al alcance únicamente de los especialistas y esos sesudos pensadores están convencidos de que el gran mundo los va a leer. 
Sea como sea, la verdad es que los humanistas se ven forzados a publicar sin pausa del mismo modo que los científicos se ven obligados incesantemente a hacer nuevos descubrimientos que han de ser rápidamente divulgados. El resultado de todo ello es que las Humanidades han quedado ancladas en un escolasticismo que mantiene a los humanistas apartados del mundo y de sus sucesos, mientras que la ciencia, por su parte, se ve presionada a nadar frenéticamente en un populismo cada vez más popular. No digo que me parezca mal que se publiquen artículos sobre pensadores del pasado ni que se siga discutiendo sobre el comunitarismo, el liberalismo y el republicanismo en las aulas universitarias. Lo que me parece absurdo y terrible es que esos sesudos pensadores argumenten sus escritos y sus discursos  amparándose en las autoridades académicas y teóricas de la historia del pensamiento y no en su propio criterio formado y forjado a lo largo de una vida dedicada al estudio;  que permanezcan horas enteras leyendo libros cuyo contenido ya conocen incluso antes de haberlo abierto de tanto como ya han leído, pero que sean incapaces de levantarse de la silla y acercarse a la ventana a detenerse a contemplar lo que pasa fuera de su pequeño, austero y oscuro despacho. En vez de eso, cuando se levantan es para ir a tomar café con un colega o para seguir departiendo sobre el tema que en esos momentos les preocupa con unos cuantos estudiantes. Van y vienen de un lado a otro inmersos en sus profundas consideraciones y sin embargo no ven lo que está sucediendo delante de sus narices. Los pensadores universitarios humanistas son trabajadores febriles; la tesis doctoral, a lo más tardar, los ha convertido en laboriosas hormigas afanadas en el aumento anual de las publicaciones que únicamente su entorno conoce, salvo que alguno de ellos tenga la suerte de contar con un amigo en el sector del marketing editorial y logre convencerlo para que transforme alguno de sus artículos en un Best Seller gracias a todos esos lectores que no se conforman con la finalidad común de la lectura mundana, esto es: entretenerse,  sino que además quieren demostrar a sus amigos que ellos son intelectuales al corriente de los últimos debates. 
Los pensadores franceses, desde luego, han sabido explotar este punto de vanidad del lector inteligente y son genios en el arte de vender el humanismo popularizado. Lamentablemente ellos no están bien vistos por los coleccionistas de notas a pie de página. Los pensadores franceses disfrutan de sus éxitos de ventas pero se ven desdeñados por las grandes autoridades del pensamiento justo porque escriben sus propias reflexiones, se equivoquen o no, en vez de andar metidos en escolasticismos. No es que los pensadores franceses no lean. Al contrario, justo porque no han de transcribir sus fuentes de forma fidedigna, tienen más tiempo para leer y más tiempo para escribir y, sobre todo, tienen más tiempo para vivir y para ver lo que sucede tras los cristales de su despacho. De vez en cuando tienen incluso tiempo para abrir la ventana y detenerse a escuchar las voces de los transeúntes. Las autoridades pensantes, en cambio, se muestran incapaces de traspasar las enseñanzas de los pensadores del pasado al mundo presente al tiempo que las divergencias acerca del significado y alcance de los diversos conceptos les impide apreciar que el mundo está cambiando y lo está haciendo en una dirección que no tiene nada que ver ni con el comunitarismo, ni con el liberalismo ni con el republicanismo. Ustedes, claro, notan en mis palabras un tono agrio. No se equivocan en absoluto. Mi tono es agrio y agriado. Pero lo más probable es que ustedes crean que dicho tono se debe a la frustración, al resentimiento o a alguna emoción de ese tipo. Soy consciente de que no me creerán, aunque les diga: “créanme”, pero en cualquier caso: “créanme, no es nada de eso.”

Lo que me irrita es leer una y otra vez largos estudios acerca del liberalismo, del comunitarismo, del republicanismo; que se sigan escribiendo largos y detallados ensayos acerca de la pluralidad y de la interculturalidad y de la sociedad abierta y que el único punto de conflicto surja cuando se pretende determinar si en dichas sociedades han de predominar los valores liberales individualistas, propios de las economías ricas y prósperas;  o los valores comunitaristas, propios –digan ellos lo que digan y se trate de representantes más o menos conservadores- de las sociedades cerradas o, por denominarlo de un modo más suave: de la interpretación de una misma y continua melodía en todas sus variaciones, o las virtudes republicanas, propias de comunidades igualitarias y consiguientemente, pobres o al menos austeras. ¿Hay alguien que se oponga a cualquiera de estas posibilidades en su concepción teórica, ideal y perfecta? Nadie. En contra del pensamiento comunitarista se han levantado muchas voces, la mía inclusive. Sin embargo ¿quién no ha buscado alguna vez en su vida grupos en los que se encuentra “como en su propio hogar”, grupos con los que le unen valores éticos similares, formas parecidas de entender la existencia, grupos en los que uno siente que finalmente puede expresar sus ideas con entera libertad porque “sabe” que sus palabras serán entendidas en la justa medida? ¿Qué otra cosa si no hacen esos jóvenes que se reúnen según su modo de vestir, su modo de celebrar una fiesta, o según su peinado y se siguen reuniendo durante veinte, treinta y cuarenta años con la condición de que ninguno de ellos haya cambiado porque en el momento en que cambian, la reunión se anula y se convierten en meros conocidos o en absolutos desconocidos? Comunitaristas y bien comunitaristas por más que el hecho de ser postilustrados, postmodernos y postvanguardistas haga temblar a los teóricos del comunitarismo. Esos teóricos del comunitarismo que se dedican a conversar entre ellos a golpe de artículo. Ellos igual que los demás. Al fin y al cabo se trata de círculos restringidos aunque públicos. El comunitarismo tuvo su momento de gloria hace treinta años. Los liberales y los republicanos dejaron por un momento sus largas disquisiciones, le prestaron un poco de atención y sin más volvieron a sus quehaceres. Saben que existe una teoría incómoda pero la han archivado con el sello de “retrógrada” y no se preocupan de ella más que a la hora de escribir esos largos y terribles tratados. Mi tesis trataba sobre MacIntyre y el comunitarismo. En aquel entonces leí todo lo que él y sus colegas escribieron. Mi primera intención fue utilizar mi Tesis doctoral para luchar contra sus ideas, no por ideas, sino por las repercusiones prácticas que conllevaban y que eran, a mi entender, terribles. Que un cuarto de siglo después me lo siga pareciendo, me asombra incluso a mí. Pero cuando descubrí que lo importante en mi Tesis no iba a ser el contenido sino la forma, aproveché la primera oportunidad que se me presentó para olvidar el tema. Hasta cierto punto yo ya lo había desarrollado en los largos paseos que en aquél tiempo dábamos Jorge y yo por los jardines cercanos a la Universidad. Lo que para otros hubiera sido el paraje romántico ideal para confesar sentimientos amorosos inconfesables, constituyó para nosotros el lugar de interminables (y acaloradas) disquisiciones y discusiones. Fue allí, seguramente, donde Jorge y yo nos adentramos en una dinámica de la que no hemos vuelto a salir jamás: la de llevar la contraria al otro, simplemente para obligar al otro a profundizar en sus planteamientos o a abandonarlos. Lo cierto es que no hizo falta que presentara la Tesis delante de un Tribunal Académico porque yo ya la había expuesto, discutido y defendido ante el Tribunal más severo de cuantos hayan existido: el presidido por mi amigo Jorge Iranzo. Cuando llegó el momento de darle forma al contenido, éste estaba completamente terminado y mi intelecto reclamaba nuevos horizontes a los que dirigirse.

Durante todo este tiempo, mientras el mundo giraba, actuaba, se deformaba, se replegaba, se expandía y en algunos lugares incluso explotaba, los comunitaristas, los liberales, los republicanos, los defensores de las sociedades abiertas y tradicionales, multiculturales, internacionales, interraciales, ilustradas, religiosa y culturalmente compactas, tolerantes, plurales y qué se yo, han seguido fieles a sus planteamientos iniciales. Quizás hayan variado los autores de los que se ocupaban, los matices de los conceptos, un toque por aquí y un toque por allá. Lo cierto sin embargo es que mientras ellos se dedicaban a la decoración, otros se han dedicado a la destrucción y construcción de nuevas realidades. Algunas virtuales, sin duda; pero otras muchas, reales y bien reales.

Es real, por ejemplo, el hecho de que el principio de tolerancia ha sido, sobre todo y esencialmente, un principio de no agresión. El principio de tolerancia ha ido decayendo en relación proporcional al aumento de las agresiones callejeras. Ninguna de estas dos premisas constituye la causa de la otra. Ambas son simplemente consecuencia de determinados fenómenos difíciles de precisar: el aburrimiento, la frustración, la exteriorización de la violencia emocional y física que los agresores han padecido en el hogar... 
Es un hecho igualmente incuestionable que una crisis económica convierte a una sociedad abierta y liberal en una sociedad cerrada y proteccionista. No hay nada que preocupe más al ciudadano, incluso al ciudadano republicano, que la pérdida de los derechos adquiridos. Y también es innegable que una llegada masiva de extraños cuyo objetivo total y absoluto consiste en la supervivencia a cualquier precio, resulta un peligro y una amenaza para la población cuyo bienestar le permite adiestrarse en el arte de vivir y de incrementar el bienestar del que ya dispone, pero no a la lucha de todos contra todos. Del mismo modo resulta incuestionable que una sociedad fragmentada en sus valores y en su unidad política es una sociedad débil y debilitada y no hay forma, por tanto, de que pueda convivir armónicamente. Ello dificulta tanto el liberalismo como el republicanismo, porque ya sea una sociedad rica o pobre, todo grupo humano –sea el que sea- necesita de un requisito sine qua non para sobrevivir: la paz. En el momento en que en la atmósfera interna priman las recillas internas, los insultos, las malas maneras, los agravios, las medias verdades -siempre medias mentiras-, la deslealtad, y en definitiva: el cinismo, la escisión de esa sociedad es un hecho por más que ni los sesudos pensadores ni los políticos de la política real hayan firmado el acta de defunción.

Hoy como ayer unos y otros siguen hablando de democracia, de solidaridad, de amplitud de miras y horizontes, de tolerancia, de pluralidad, de internacionalidad y qué se yo. Lo siguen haciendo igual que hace décadas: con miles de notas a pie de página. Y por más que quieran defender sensatamente sus sensatas disquisiciones, lo cierto es que se equivocan. Se equivocan aquéllos que hablan de un islam ilustrado igual que se equivocan los que sueñan con un cristianismo comunitario o un catolicismo medieval. Ni lo uno ni lo otro existe al día de hoy. Lo que existe es un islamismo que se resiste a perderse en la infinitud de la Ilustración y cuyas preocupaciones más inminentes son la limpieza de costumbres y  la lucha entre suníes y chiítas. Quizás el Islam sea una religión de Paz, pero desde luego la Paz a la que se refieren los que hacen tal afirmación no es a la tolerancia ilustrada sino a la Paz religiosa que el Islam proporciona al individuo que practica los preceptos musulmanes. Comprender algo tan sencillo como es esto evitaría, en mi opinión, muchos malentendidos. Se equivocan igualmente aquéllos que creen que la Iglesia Católica ha cambiado su rumbo gracias al Papa Francisco. La Iglesia Católica descansa desde desde sus inicios en dos grandes pilares, - aparte del de la creencia misma, claro-: la universalidad y la colecta de pecunio. El Papa Francisco le ha dado un toque “republicano”, en consonancia a los nuevos tiempos. La Iglesia Católica, como el resto de los Estados de este mundo, se dedica a la recaudación. La una les llama donaciones y limosnas y los otros, impuestos. La idea es la misma. Y hace falta mucho, mucho, mucho dinero para pagar una deuda que se vislumbra como impagable.

La deuda, sí. La deuda de la que cada vez se desea hablar menos pero que no por ello deja de colgar sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles. La falta de dinero cierra sociedades y las enmudece haciéndolas más virtuosas o, al menos, obligándolas a serlo. La falta de dinero impone la austeridad y limita los viajes, las relaciones sociales, los grandes eventos, las fiestas en masa. La falta de dinero desarrolla la imaginación para hacer aparecer como oro lo que sólo es bronce pero en los tiempos en que incluso éste escasea, no cabe duda de que la rigidez moral es lo más barato. ¿Han leído las obras de Virginia Woolf y de las otras autores ingleses de la época? Las mujeres puritanas son siempre las mismas: mujeres con una limitada formación intelectual –la religiosa- y pertenecientes a una clase social baja; media, a lo más. Su contraparte masculina es descrita por Huxley como comunistas resentidos deseosos de ser admitidos en las reuniones de la sociedad aristocrática. En cambio para las mujeres y hombres que disponen de grandes cantidades de dinero que gastar, la moral – ya sea laica o religiosa- representa una gran molestia que se hace preciso controlar y, a poder ser, evitar.

He empezado este artículo hablando de la dictadura que parece aproximarse irremediablemente pero que los grandes teóricos del pensamiento universitario no se atreven a ver. Algunos se han enterado del problema a través de los periódicos y no le dan mayor importancia al tema. Los pocos que finalmente se deciden a ocuparse teóricamente de la cuestión centran sus planteamientos en la amenaza que representa la dictadura para una sociedad plural y sopesan las posibles soluciones que cabe poner en práctica para detenerla. Una de las soluciones consistió y sigue consistiendo en la realización del principio del “Carpe Diem”. En cambio otros, entre los cuales me incluyo, se decantaron por intensificar el olvidado lema kantiano “Sapere Aude”. 
Eso fue ayer. Hoy el primer grupo asiste impotente al fin de la fiesta: la música ya no suena y las luces se van apagando una a otra. En cuanto al segundo grupo, ha terminado por comprender que invocar al Sapere Aude es empeñarse en alcanzar un ideal en el que hoy como ayer muy pocos están realmente interesados. El Sapere Aude se ha vislumbrad como una gran quimera en una sociedad que a pesar de disponer de más saber del que ninguna otra sociedad dispuso jamás sigue quejándose de la falta de calidad de enseñanza, al modo en que se repiten las letanías en la iglesia. Fue una de mis últimas discusiones con Jorge. Él consideraba imprescindible incrementar los proyectos educativos en África. Mi oposición le aturdió tanto que le impidió indignarse. Incrementar las inversiones en los proyectos educativos en África para descubrir que después hay que incrementar las inversiones en Occidente para motivar a los infantitos rodeados de libros que no desean abrir, le dije. Abrir escuelas en África a las que posiblemente muchos no puedan asistir porque han de ayudar a sus familias para después abrir centros psico-pedagógicos al estilo de Occidente para que los niños superen los problemas de aprendizaje debidos, básicamente, a que no dedican el tiempo y el esfuerzo suficiente a leer, a escribir con la pluma en el papel y a hacer ejercicios de matemáticas. Abrir escuelas en África, un continente en el que la tasa de mortalidad, de pobreza y de sequía siguen levantando ampollas en las almas de todos los que tengan un alma mientras se buscan profesores particulares a los alumnos occidentales porque sus padres no pueden prestarles la necesaria atención inmersos como están en su trabajo, en los problemas que el paro acarrea o en la conquista de una nueva amante para que la cotidianeidad resulte más soportable. “¿Qué quieres? ¿Dejarlos sin leer y sin escribir?”, me preguntó atónito. “Lo que quiero”, dije, “es que el estudio sea una elección y no una imposición. Y sí, es verdad: en África no tienen ni siquiera la posibilidad de la elección pero no sólo por falta de medios, sino por las graves dificultades que la mera supervivencia origina. Algunos ni siquiera pueden elegir vivir, que es la primera elección que cualquier ser vivo debería poseer al nacer. La elección de vivir y la posibilidad de sobrevivir. He conocido a personas para las que el estudio no representaba una posibilidad de vida sino todo lo contrario: un impedimento. El estudio debilita los instintos de supervivencia. Es un hecho. Quizás incremente la fuerza interior, no lo niego. Pero desde luego debilita los instintos de supervivencia. Posiblemente porque los instintos de supervivencia incluyen la brutalidad, la mentira, la venganza, la puesta en marcha de ese mecanismo que muchos se empeñan en denominar irracionalidad pero que es justamente la única que permite mantener la vida en un mundo de hombres. Un mundo en el que a pesar de no ser un mundo ni de demonios ni de ángeles los instintos nos acercan a lo dionisiaco y el estudio a lo apolíneo, por decirlo de alguna manera.” Desde entonces Jorge anda un tanto pensativo y ha dejado de llamarme. Supongo que lo hará cuando haya encontrado la respuesta adecuada: esa que me deje sin réplica.

Lo cierto es que ni el Carpe Diem ni el Sapere Aude parecen ser la solución. El uno por exceso y el otro por defecto. El uno ha fundido las bombillas y el otro no brilla con la suficiente fuerza. Esto ha sido y es, lo reconozco, un grave problema. Entre otras cosas porque los acontecimientos se precipitan y aunque soy consciente de que yo no puedo detener su marcha, sí me gustaría entender los presupuestos en los que descansa.

Es un artículo muy largo, soy consciente de ello. Más de uno me preguntará desconcertado “dónde está el punto” y yo tendré que contestar que “todo” es el punto: la amenaza de la dictadura, la estagnación del pensamiento universitario, el fracaso del Carpe Diem y del Sapere Aude, la escisión de la sociedad que es un hecho por más que todos sigan repitiendo los discursos de los abuelos, que no son los discursos que la actualidad necesita. Esto es, quizás, lo único positivo que Star Wars VII muestra: “Chicos, atención, vuestros abuelos fueron fascistas o hijos de fascistas, incluso los que no se denominaron fascistas sino comunistas. Poco importa. Los extremos se tocan. No es su discurso al que hay que seguir si queréis ser libres y permanecer al lado de la libertad no les sigáis a ellos, a vuestros abuelos, sino a vuestros padres: a esos de la eterna juventud y de la ingenuidad sin límites que creen en la fuerza de los sueños y de los ideales.” Igual que aparece en la película Pitch Perfect 2: "Escuchad los consejos de vuestras madres. Aunque vuestras madres os parezcan un poco locas estarán allí cuando lo necesitéis. A vuestro lado. Apoyándoos."

Sin embargo, esos chicos se empeñan en seguir los pasos de los abuelos. Los admiran, sencillamente los admiran. No sólo ellos. Una parte del discurso político de la actualidad se basa en las perspectivas y en los planteamientos de generaciones pasadas y superadas. Generaciones pasadas y superadas incluso cuando nos referimos a aquéllos que lucharon contra el fascismo. Sus circunstancias no son nuestras circunstancias; sus objetivos tampoco. La Libertad absoluta, creo que ya lo he dicho alguna vez, no significa gran cosa. Lo importante es su concretización y ésta depende del tiempo y del momento en que se está. Pretender que la historia se repite es tan necio como ignorar que uno no se baña dos veces en el mismo río.

La dictadura vendrá, sí. Vendrá. Se encamina a pasos agigantados hacia nosotros. Muchos la están pidiendo a gritos por más que sus voces clamen libertad. Será una dictadura diferente a todas las vividas y a todas las padecidas. Será incluso una dictadura considerada por más de uno y más de dos como necesaria para lograr alimentar y dar cobijo a la mayor parte de la población. Será como son todas las dictaduras en su inicio: popular, buscada, consentida e incluso deseada.

Este es el hecho real que todos sin embargo querrán negar con los argumentos más variopintos: las citas a pie de página, el engaño de grupos ocultos de Poder a los ciudadanos, la acción de los partidos populistas que mienten y expanden sus mentiras...

Todo esto es cierto, sí. Pero no lo es menos cierto que las dictaduras nacen con la ayuda y aquiescencia de la población por más que luego hayan de mantenerse gracias a fuerzas de seguridad cada vez más sofisticadas e implacables. Sí. La población huele el humo y llama a los bomberos. La población se siente amenazada y llama a los guardianes. Ella misma se encadena. Las dictaduras son, por decirlo de algún modo, un mecanismo de protección que las sociedades humanas ponen en marcha cuando se sienten amenazadas por riesgos que no se sienten capacitadas para solucionar por sí mismas. Hasta cierto punto, la dictadura es el acto de convertir a una determinada sociedad en un bloque compacto y cerrado capaz de hacer frente a los peligros externos y las enfermedades internas. Es un mecanismo de defensa de la sociedad, aunque se trate de un mecanismo más psicológico que real. En la dictadura, los ciudadanos abandonan las reivindicaciones por sus derechos y se ponen al servicio de una idea compacta y coherente. Quizás la idea compacta y coherente del loco, quizás la idea compacta y coherente del héroe ¿quién lo sabe? Ni siquiera la sociedad que voluntariamente se somete. Y la sociedad siempre se somete voluntariamente porque la sociedad es siempre más poderosa que el tirano y su séquito.

En la antigua Roma, los romanos elegían en tiempos difíciles y conflictivos a un dictador durante seis meses. Eso era en la antigua Roma. En la Roma conquistadora, dueña del mundo civilizado, seis meses no resultaban suficientes y hubo que constituir un imperio al frente del cual se situaba un emperador al que se terminó invistiendo de las características de los dioses. Las dificultades en el gobierno de un imperio demasiado grande como para ser organizado coherentemente, determinó su escisión en dos.  Las naciones nunca se hubieran podido constituir sin los reyes absolutos y estos pudieron ser absolutos gracias al apoyo popular, que vió en la figura del Rey su defensa contra el poder local y corrupto del noble. El propio pueblo se encargó de desbancar al Rey en cuanto éste se tornó más caro y más corrupto que la nobleza que lo rodeaba. El fascismo fue definido por muchos que lo vivieron como “un poner orden al caos” y estaban convencidos de que representó un papel decisivo para ordenar y conseguir modernizar la sociedad. El que no haya muchos que se atrevan a escribir esto no significa que lo que digo no sea cierto, simplemente indica el temor que se siente a la posibilidad de ser catalogado como “fascista” por escribir las consideraciones ajenas. Soy tan poco fascista como proclive a la dictadura pero vuelvo a repetir: es un hecho que los populismos ganan posiciones en Europa, es un hecho la islamización de Turquía; es un hecho la radicalización de las posiciones particulares de los Estados; es un hecho que cada vez se practica menos, se quiere practicar menos,  aquéllo de que los amigos de mis amigos son mis amigos, eso de que todos somos amigos y ha quedado en desuso aquello de que  un perdón arregla cualquier humillación y vuelta a empezar. 
El mundo enmudece y calla. Las luces se apagan y los libros no se abren. Los gritos suenan más altos. Las escisiones se abren al vacío. En Star Wars el desgarramiento del malvado es inexistente y su comportamiento es lisa y llanamente cínico. O sea, formalmente correcto pero falso en lo que al contenido se refiere. El padre muere. La muerte del padre es la supervivencia del abuelo, del abuelo cuyo discurso – como digo- no puede adoptar el nieto porque el desgarramiento en el abuelo es real y en el nieto es una simple y mera pose para convencer y vencer al padre. Es lo único interesante que se encuentra en el argumento de la película. El resto es miseria.

La dictadura se aproxima y muchos están contentos de que se aproxime. Los unos porque así no tendrán que soportar la terrible música que sonaba hasta las tantas de la madrugadas y los otros porque no se verán obligados a pensar ni a pedir calidad de enseñanza y podrán culpar a las fuerzas tiranas de su estulticia. Algunos porque podrán pasear nuevamente por las calles sin ser agredidos y no faltan quienes esperan índices de pleno empleo. Será una dictadura territorialmente constituida por vallas y fronteras pero comercialmente abierta, plural y competitiva. Por más que muchos Estados pretenda imponer medidas proteccionistas, el proteccionismo de ellos se anulará con el proteccionismo de los otros. Eso, unido al hecho de que las empresas son globales, convertirá en ineficaz la imposición de aranceles.

¿Creen ustedes que estoy a favor de una dictadura? ¿Creen que la veo como un mal menor?

Si esta es la impresión que he podido generar, se equivocan. Ni estoy a favor de una dictadura ni la veo como un mal menor. Entre otras cosas porque una dictadura es, para personas como yo, o sumamente aburrida o sumamente peligrosa. Para aquéllos que escriben a la velocidad del pensamiento y estructuran sus pensamientos cuando hablan, una dictadura constituye un grave riesgo a la supervivencia. La dictadura es la expresión de una sociedad que ha decidido hacerse compacta y por tanto expulsa (aniquila) a todos aquellos que no quepan en la particular definición que esa sociedad ha dado al término “compacta” y que, lamentablemente, no todos son capaces no digo ya de aceptar: ni siquiera tolerar. Criticar a los populismos como los critican hoy en día los periódicos es tan absurdo como tratarlos según las normas escolásticas. Cuando el populismo empieza a extenderse peligrosamente en una sociedad significa que dicha sociedad tiene miedo, que se siente insegura, que está buscando un héroe, un lider, que la proteja, y que se va a cerrar en banda, esto es: va a hacerse compacta, a fin de protegerse con mayor eficacia de los peligros del exterior y controlar mejor las discrepancias del interior.

Malos tiempos para la libertad.

Malos tiempos para los nómadas.

La bruja ciega.



No hay comentarios:

Publicar un comentario